Guisos de salchichas y tazas de té verde






Algunas mañanas son tan frías que la niebla se congela en Botino y le da el bonito aspecto de una postal navideña. Esas mañanas Leandro se mira en el espejo, se ve, y se pregunta cómo ha llegado allí, qué giro dio su vida para verse depositado, como el sedimento de un río, en un pueblo de la campiña con más estatuas de santos que vecinos, regentando un taller que siempre está al borde de la quiebra.

Sin embargo, la mayoría de las mañanas, Leandro no se pregunta nada. Se mira en el espejo, se aplana el pelo rizado con agua y abre su taller. 

Puede que Botino sea pequeño, pero también lo son todos los pueblos de alrededor, y el suyo es el único taller, por lo que trabajo no le falta: tractores tiene en abundancia, y algunos coches. Bicicletas y vespinos, aunque en estos casi arregla sobre todo pinchazos y frenos rotos. Incluso le traen batidoras eléctricas, tocadiscos, radios, maquinillas de afeitar y, dos veces al año, carga su coche desconchado con sus herramientas y recorre las Iglesias de los alrededores para afinar campanas y poner relojes en hora. 

Porque Leandro tiene un don para arreglar lo que está roto. También tiene el gesto hosco y un corazón inmenso, así que no se opone a cobrar en ristras de salchichas y en manojos de cebollas cuando el cliente no tiene con qué pagarle. 

Nunca sonríe. 

Pero es puntual. 

Todas las mañanas abre su taller a las ocho de la mañana y trabaja sin levantar la vista de los motores hasta las doce, momento en el que se prepara un café en un hornillo, sobre el banco de herramientas. Hace otra parada a las tres, para comer un plato sencillo de pasta y sigue trabajando hasta que cae la noche. 

Algunas tardes su vecino, el señor Tan, le acerca una taza de té verde. Leandro la acepta siempre, pero nunca la bebe. Es un hombre de gustos inamovibles y no tolera nada más exótico que la canela. Pero al señor Tan no parece importarle y regresa sonriente a su bazar. Saca una mesa a la puerta, dos sillas y un tablero.

Fiona también es puntual y, a diferencia de Leandro, tiene un paladar abierto a las sorpresas. En cuanto el señor Tan prepara el té, tapa su máquina de coser en el taller que tiene sobre el bazar, y baja las escaleras de tres en tres para la partida de go de la tarde. 

El negocio del señor Tan es, precisamente, vender cosas y, a veces, vende el tablero de go. Leandro también los ha visto jugar al Mahjong, a las damas, al parchís y al dominó. No tiene claro que alguna vez terminen una partida. No parece que les importe mucho el juego; no más que la radionovela que escuchan todas las tardes. El señor Tan también vende de vez en cuando la radio en la que la escuchan, así que hay semanas en que la novela se escucha con todo detalle y otras en que es puro ruido de estática. Tampoco esto parece que les moleste.

Una mañana de niebla congelada las preguntas de Leandro frente al espejo se ven interrumpidas cuando un autómata cae del cielo. 

Se desploma en caída libre haciendo temblar la porcelana en las vitrinas, desprendiendo la cencellada de las ramas de los árboles. Quienes todavía duermen se despiertan con el estómago encogido y a quienes ya estaban despiertos se les taponan los oídos con el estruendo. 

Metálico, erizado de antenas, con unos ojos de vidrios ahumados, se lleva por delante el campanario, el quiosco de música de la plaza y la terraza del casino.

Las alarmas antiaéreas comienzan a aullar y se replican con rapidez en los pueblos vecinos. El cuerpo de voluntarios corre a despejar las calles adyacentes y reparte café y panecillos calientes y el señor Tan saca de sus bazar un número asombroso de mantas y colchones. 

Los militares llegan a las pocas horas. Se despliegan por el pueblo formando un abanico. Hacen mucho ruido, gritan órdenes y corren en parejas de un lado a otro para confirmar lo que todos ya saben: el autómata no tiene piloto. Está tan hueco y es tan imposible de rastrear como todos los que han caído hasta ahora. 

El capitán del escuadrón hace un par de preguntas entre los vecinos y Leandro, con su don para la mecánica, se ve obligado a encaramarse al cuerpo del autómata para desacoplar, planchas metálicas, soltar cables y desatornillar junturas. Los militares les permiten quedarse con buena parte de la chatarra para que puedan venderla y pagar las reparaciones que necesita el pueblo.

Tardan dos semanas en desarmar el autómata y otras dos en sacar los escombros del pueblo. Para cuando terminan Leandro mastica polvo y tiene la piel de las manos teñida con el líquido hidráulico del autómata. 

Se desploma sobre su cama con la misma gracia con la que el autómata cayó del cielo y duerme de tirón hasta que suena el despertador. Se asoma a la ventana. La mañana es fría, sin cencellada ni preguntas. 

Abre su taller a las ocho y se prepara su café al mediodía. Come un guiso de patata y salchichas que ha recibido en pago por cambiar una rueda pinchada de un bicicleta. Al caer la tarde el señor Tan le acerca una taza de té, que Leandro no bebe. El señor Tan le sonríe sin molestarse y regresa a su bazar. Fiona ya está encendiendo la radio, que crepita un diálogo incomprensible. 

Leandro cruza la calle. Con la ayuda de un destornillador desmonta la antena de la radio y la cambia por una de las antenas del autómata. Al instante la novela se escucha con nitidez. El señor Tan añade una tercera silla a la mesa y Fiona adelanta una pieza de go sobre un tablero de damas. 


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