Plegaria al diablo
La madre de Celia se quejaba a menudo de todo lo que la guerra se había llevado. Su hermana también; pero claro, su hermana tenía dieciocho años y desde que todo empezó le gustaba opinar lo mismo que su madre. Celia tenía catorce años, así que nadie le preguntaba nada. Pero si alguien lo hubiera hecho, habría respondido que la guerra se había llevado nada. Sólo había cambiado unas cosas por otras. Las listas de la compra, por cartillas de racionamiento; la ropa nueva, por muchos remiendos, y las noches escuchando la radio a la luz de las lámparas, por noches escuchando la radio a oscuras. El día que su hermano anunció que se había alistado, el vacío de su cuarto se llenó con las cartas que les enviaba desde el frente. Y el día que dejaron de llegar sus cartas comenzaron a llegar las de sus compañeros de tropa. Otras cosas se resistían, tozudas, a cambiar. El campanario seguía llamando a misa a la hora de siempre, la carretera hasta la mansión seguía embarrándose en o...