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Milagros y Melindres

I La señora Milagros entra en la farmacia, aguarda pacientemente su turno y cuando le llega pregunta si, por favor, le pueden hacer los agujeros de las orejas.   A esta pregunta le sigue un momento de silencio. Uno de esos un poco largos como para pasar inadvertidos pero que no llegan a resultar incómodos. Don Octavio, el boticario, se recupera con rapidez y la conduce al interior. Felicia, su hija, que joven como es se ahoga detrás del mostrador de un pequeño negocio en un pueblo pequeño, acoge la novedad con entusiasmo. Insiste en ser ella quien le perfore las orejas y le saca el muestrario de pendientes. Todos están pensados para orejas pequeñas, porque normalmente son las madres las que deciden por sus hijas cuando estas están aún en el cochecito.   —Le quedarán igualmente bonitos porque tiene unas orejas preciosas, tan menudas —dice, y lo piensa de verdad.   La señora Milagros le agradece el cumplido, pero rechaza el muestrario. Saca de su bolso de mano un paquete co...

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