Sal y romero (tercera parte)
Reverberaciones, propone el profesor. Y a mi me asalta el pánico. El mismo que antes de los exámenes. Ese de quedarse en blanco y de olvidarse de todo lo que una sabe. Era tal la blancura en esos casos que retrocedía, asignatura por asignatura, para ver si había algo que consiguiera recordar. De lo que entraba para el examen, ni intentarlo; los principales pintores del barroco no habían existido, tampoco la declinaciones del latín, ni los ríos y ni la capitales europeas. Blanco. Me remontaba a los estambres y los pistilos, el sistema digestivo. Nada. Lo que tuviera números quedaba descartado. Al final llegaba a la señorita Mayte, que nos contaba historias de una «b» que llevaba un bolso y de una «h» que se quedó muda por mirar al país de los gigantes. Ahí si, recuerdo rodear con un círculo una «m» en una página llena de letras. Eso era fácil. También las frases repetidas una debajo de otra. Nunca fui de «Mi mamá me mima»; eso se daba por supuesto. Yo era más sofisticad...


