El cabrero (parte 4 de 4)
Patricio abrió el armario de las corbatas y suspiró desamparado. Si hace dos semanas se extendía ante él un mar de rosas pastel y lazadas tan grandes que le rozaban la barbilla, ahora se veía obligado a elegir entre cetros, jeroglíficos y dromedarios bordados, eso sí, sobre un sobrio negro. —¿Querida? Mis corbatas… —comenzó con tacto. —Son maravillosas ¿no te lo parece? Y no es todavía la última moda. Pero lo será pronto, te lo aseguro. Sin decir nada, Patricio cogió una corbata con un gato de porte altivo bordado con primor y salió del cuarto. Debería haberlo intuido en cuanto vio la primera revista de viajes en la mesa del desayuno. Y debería haberle puesto remedio cuando encontró ese panfleto sobre los prodigios de los médicos de los faraones bajo la almohada. Salió del cuarto anudándose la corbata y entró directamente en el dormitorio de invitados, donde sabía que iba encontrar el montón de los descartes. Entre las prendas que no había sobrevivido ...