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La primera fiesta de Martina

Hay, enterrada en un nudo de calles, una casa vieja y desconchada, con un embarcadero que tiene mas de podredumbre, que de madera, y una enredadera que, como la plaga que es, ha invadido la fachada del lado sur, levantando con sus zarcillos la cal de la pared.   Es una casa mentirosa. El interior está bien conservado desde hace años por una familia de guardeses que hereda profesión, llaves y una nariz afilada. Los muebles se pulen y enceran al sol del verano, las cortinas y la ropa de cama se lava en primavera y los colchones se airean los días secos en las terrazas más altas.   Cada año, el martes de Carnaval, todos los que han recibido una invitación aguardan a la hora indicada en una fila nerviosa. Ataviados con vestidos vaporosos, miriñaques de amplísimas circunferencias, trajes de magas abullonadas y botones de seda y plata, ocultan su impaciencia tras máscaras blancas y cuando las puertas por fin se abren entran cogidos de los brazos, se alzan sobre las puntas de sus pie...

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