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Los diez elementos del disfraz

Tránsito pensó que su situación se parecía mucho a la de aquellos chistes a los que nunca les veía la gracia: “¿Qué hacen un capitán de la guardia, una abadesa y una ladrona en un calabozo?” Sólo pensar en reírse hacía que le dolieran las costillas y la mandíbula. La mandíbula se la había golpeado el último guardia. Las costillas se las había golpeado ella al saltar a la desesperada por una ventana del primer piso. Por suerte, pensó, no se había roto nada. Se le escapó una risita por la nariz porque engrilletada de manos y pies como estaba que se hubiera llegado a romper algo tampoco hubiera empeorado mucho sus posibilidades de fuga. —Lo que yo le diga, madre abadesa —dijo el capitán—. A esta gente le falta un aire. Mírela. Se ríe y todo.   La abadesa, una figura sarmentosa, vestida de negro, que aguardaba replegada en las sombras del calabozo, asintió en silencio. Toda ella tembló e hizo repiquetear el rosario que llevaba colgado al cinto. Tránsito, por su parte, consideró aquél c...

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