El mar sintiente
Dicen que hay mares que no son como este. Que son simples extensiones de agua, con sus simas y sus crestas, sus mareas y sus peces. Que no están ávidos de confesiones. Que no enferman. Dicen que en esos mares los faros giran trescientos sesenta grados para avisar a los barcos de los peligros de la costa. El farero a veces se pregunta cómo será vivir en esos faros, mirando al mar en lugar de a la costa. Conecta la luz de la linterna a la máxima potencia y comienza a barrer la costa. Pasa rápido por los acantilados; nadie es tan estúpido como para aventurarse a descolgarse por ellos. Un poco más allá la luz desvela los contornos de una playa de arena gruesa, ribeteada de pinos chatos y protegida por una alambrada. Está desierta. Y permanece desierta durante las siguientes horas. El farero da cuenta del café de un termo, de dos bocadillos y de un puñado de manzanas ácidas que ha comprado esa mañana en el pueblo. Tira el último de los corazones por encima del balcón de la garit...