Lavinia



Soy una sirena en la ciudad de los canales. Una atracción turística. Una más entre el centenar de muchachas que día y noche nadan en las calles anegadas, ataviadas con un corsé de lentejuelas y una cola de pez, se hacen fotos con los turistas y fingen recoger del fondo juguetes de plástico que entregan a los niños. 
Hoy es la noche de San Juan. No tiene sentido trabajar; no cuando todos estarán mirando los farolillos de papel que se lanzan al cielo, junto con los buenos deseos y los malos momentos. Aún así, esta noche, me sumerjo en el agua con mi corsé de sirena y con una falda de gasa larga, vaporosa, que se me pega a las piernas como un remedo de cola.
Tampoco trabajan hoy los gondoleros ni los vaporettos, así que la superficie de los canales está tranquila y yo procuro perturbarla lo menos posible. La gente cree que nadar consiste en patalear y salpicar mucho. No es cierto. Nadar se parece más a recostarse: el cuerpo estirado, la mejilla izquierda apoyada en el agua. El brazo derecho emerge pegado al cuerpo, la mano de lado, y tras trazar un arco, regresa al agua para proporcionar el impulso mientras se imita el mismo movimiento con el brazo izquierdo. Los pies apenas se mueven, apenas salpican. Para nadar hay que ser discreto.
Una brazada, dos, tres. Respirar. 
Dos brazadas, tres, cuatro. Respirar. 
Me deslizo por una ciudad que, por una noche, mira al cielo en lugar de al agua.  
Tres brazadas, cuatro, cinco. Respirar.
Avanzo por los callejones, evitando todo lo que puedo las vías principales. 
Cuatro brazadas, cinco, seis y esta vez, tras respirar, sumerjo la cabeza y el cuerpo con un aleteo de los pies. Si nadar consiste en avanzar sin hacer ruido, buceando sólo existe el silencio. Cualquier ruido se queda en la superficie y un murmullo sordo llena los oídos. Doy unas cuantas brazadas para sumergirme más y atravieso el centro de esta manera, entre pilares de madera cubiertos de algas y los cimientos limosos de los edificios. 
Bastan unos segundos para tomar aire, siempre bajo los puentes, lejos de miradas curiosas. En algunas calles tengo la profundidad suficiente para dar grandes brazadas; en otras apenas hay un metro de agua y avanzo pegada al suelo, hundiendo los dedos en el fango, impulsándome en silencio con el cuerpo tenso.
Me parapeto detrás de las góndolas para evitar los bailes improvisados en las calles, las terrazas  de los restaurantes iluminadas con farolillos de colores, los enamorados que, en lugar de mirar al cielo, dejar perderse la vista en el agua negra de los canales. 
Llego de esta manera al palacio ducal. La luz y la música de la orquesta se escapan por los ventanales, rompiendo la quietud de los momentos previos al lanzamiento de los farolillos. Buceo rodeándolo hasta llegar al muelle situado en la parte trasera. Lo encuentro allí, fumando. Alto, vestido con un traje negro ceñido, el pelo engominado y la sonrisa de un gato consentido. Tiene exactamente el mismo aspecto que la noche en que se llevó a mi hermana y no la devolvió. 
Asomo la cabeza como un animal curioso y espero. Espero hasta que mi respiración se calma y comienzo a notar el frío en la punta de los dedos de los pies. Espero hasta que él me ve. Entonces chapoteo juguetona, tentadora. Me sumerjo arqueando la espalda, salpicando con los pies. Arroja el cigarro y se acerca al borde del embarcadero. 
—¿Qué haces trabajando a estas horas, bonita? —me tiende la mano—. Anda, entra dentro y quítate esa ropa empapada. 
Con una última brazada salvo la distancia hasta el embarcadero y le tomo la mano. Apoyo los pies en el muro y, en lugar de impulsarme hacia arriba tiro de él, de nosotros, hacia abajo. Cae haciendo ruido, salpicando. Intenta gritar, pero no es fácil cuando has tragado agua. Lo envuelvo con las piernas y con los brazos. Forcejea, patalea, estira los brazos para intentar agarrarse al muelle. No importa. Que se resista todo lo que quiera. Para hundir a alguien sólo hay que aferrarlo fuerte. 

Comentarios

Entradas populares