Sentimentales




Marguerite, veinticinco años, estudiante de folclore en la Universidad aguarda pacientemente en la sala de interrogatorios. Al otro lado del falso espejo, el inspector Jiménez la examina. A su lado, el Comisario tuerce el gesto. 
—Es perder el tiempo. Aunque sepa algo, habría prescrito antes de que naciera. 
—Aún así —responde el inspector. 
El Comisario se encoge de hombros.
—Es tu tiempo. Pero no la  entretengas mucho. Y luego vete a dormir.
El inspector salva rápidamente las presentaciones iniciales, deja el expediente sobre la mesa, pasa un par de hojas y le muestra una fotografía. 
—¿Qué sabe de esto? —pregunta.
Marguerite toma la fotografía. 
—Parecen huesos. 
—Son huesos —responde el inspector Jiménez
—Parecen viejos. 
—Lo son.
—Si sabe lo que son y de cuándo ¿dónde está el problema?
—En que algunos son humanos y todos estaban enterrados en el jardín de su casa.
Marguerite compone una sonrisa melancólica.
—De la casa del abuelo —corrige—. Pobre hombre. Era todo corazón.
—Por las marcas en los huesos uno diría que era todo dientes y garras. Hemos estado preguntando por el barrio. Las respuestas han sido curiosas.
—Rumores, maledicencias, leyendas. ¿La policía las investiga?
—Depende. 
Marguerite sonríe y se inclina sobre la mesa. 
—¿Quiere investigar un cuento?
—Depende —repite—¿De qué trata?. 
Marguerite sonríe todavía más. 
—De un monstruo bajo la cama —dice.
El inspector Jiménez entrelaza los dedos de las manos, y espera.
—Todos los niños tienen un monstruo bajo la cama ¿sabe? Hace compañía durante el día, pellizca los dedos por las noches cuando se aburre y cuando tiene hambre provoca pesadillas. Pero es como todas las mascotas. Hay que cuidarlo; si no, se muere. Cuando es pequeño basta con echarle unas migas de magdalena; puede que un par de moscas o alguna lagartija. Lo malo del monstruo bajo la cama es que es como esas tortuguitas que venden en las tiendas: crecen según el espacio que tienen. Y a todos los padres les da por cambiar la cama de sus hijos en algún momento —Marguerite chasquea la lengua—. Entonces se vuelve un poco más difícil y comienzan a pasar cosas raras en el barrio: un hámster se escapa, un petirrojo abandona su nidada, el gato del vecino no vuelve una noche. 
—Me está contando un cuento. 
—No diga que no lo avisé ¿Quiere seguir escuchándolo?
—Si es tan amable.
—¿Por donde iba? Ah, si. El gato del vecino. Bien, a veces el niño es increíblemente estúpido, o estúpidamente sentimental, y cuando crece cambia a otra cama todavía más grande. Entonces empiezan realmente los problemas. Arañazos de le dejan a uno los pies en carne viva y pesadillas que hacen que la sola idea de dormir sea insoportable. 
—¿Eso le pasó a su abuelo?
—El abuelo era un hombre muy bueno. Un sentimental.
—¿Lo siguió alimentando? 
— En este cuento, sí. 
—¿Y usted? ¿Tiene su propio monstruo bajo la cama?
—Mi padre nunca nos dejó dormir en nada más alto que un futón japonés. 
Horas más tarde, el inspector llama a la puerta de casa de Marguerite. Si parece sorprendida, no lo demuestra. Como tampoco lo parece cuando el inspector, en el mismo umbral de la casa, se descalza y se retira las vendas que le envuelven los pies. 
Marguerite asiente muy seria.
—No parecía usted de los sentimentales. 

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