La rebelión de los espejos
Separadas por un tablero de ajedrez, la Reina Roja y la Reina Blanca se midieron.
En el mundo al otro lado del espejo no había espacio para rivalidades. Literalmente. Los espejos, por muchos que sean, son planos, lo que obliga a ganar espacio trazando laberintos, a hablar con retruécanos para decir mucho con poco, a los dobles, triples, cuádruples sentidos.
Estaban agotadas.
Por suerte, faltaba poco para que terminara esta tregua forzada.
Todo había estado a punto de irse al traste cuando aquella niña, aquella estúpida niña, había irrumpido en el reino especular y había comenzado a hacer preguntas a los animales y a tocarlo todo con sus manos pringosas. Dos veces había sucedido aquello.
Ahora tras un intensivo programa de cría, la Reina Blanca contaba con bandadas de hermosos flamencos de tres metro de altura y con madrigueras que rebosaban erizos grandes como ruedas de molino, con espinas aceradas como sables.
La Reina Roja, por su parte, acababa de recibir noticias del mejor de sus comandantes. Tras muchos esfuerzos Fournier había conseguido desplegar sus ejércitos de corazones, diamantes, picas y tréboles. En los últimos años habían añadido un nuevo brazo armado; la misma reina roja había diseñado los uniformes de la baraja española. Y en una jugada arriesgada, habían incorporado mazos del tarot.
“Prácticamente cada casa en este mundo cuenta con un destacamento de hombres, bien ordenados y dispuestos en sus barajas” le había escrito tres días atrás el comandante.
La Reina Roja y la Reina Blanca se estrecharon la mano sobre el tablero de ajedrez. Si todo salía como habían previsto, al dar la media noche, sus soldados se alzarían en armas y ellas atravesarían los espejos con sus ejércitos y se sacudirían de encima esa prisión de reflejos.
Y después podrían volver a guerrear entre ellas, como debía ser.
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