Milagros y Melindres
I
La señora Milagros entra en la farmacia, aguarda pacientemente su turno y cuando le llega pregunta si, por favor, le pueden hacer los agujeros de las orejas.
A esta pregunta le sigue un momento de silencio. Uno de esos un poco largos como para pasar inadvertidos pero que no llegan a resultar incómodos. Don Octavio, el boticario, se recupera con rapidez y la conduce al interior. Felicia, su hija, que joven como es se ahoga detrás del mostrador de un pequeño negocio en un pueblo pequeño, acoge la novedad con entusiasmo. Insiste en ser ella quien le perfore las orejas y le saca el muestrario de pendientes. Todos están pensados para orejas pequeñas, porque normalmente son las madres las que deciden por sus hijas cuando estas están aún en el cochecito.
—Le quedarán igualmente bonitos porque tiene unas orejas preciosas, tan menudas —dice, y lo piensa de verdad.
La señora Milagros le agradece el cumplido, pero rechaza el muestrario. Saca de su bolso de mano un paquete con el papel de regalo roto, abre una cajita forrada de terciopelo y le enseña un par de pendientes de diamantes.
—Me gustaría que fueran estos. ¿Servirán? —pregunta doña Milagros con voz suave.
Felicia admira los pendientes.
—Servirán —afirma.
II
A las doce y media se recibe una llamada en la comisaría de policía. Federico, que es el agente al cargo del teléfono, sabe que no tiene muchas luces. Sabe que en un sitio más grande se sentiría inútil, torpe y perdido, pero en un lugar pequeño como este, donde no hace mucho más aparte de poner multas, buscar animales perdidos y recoger a los tres borrachos habituales los fines de semana puede hacer su trabajo sin ningún problema.
También sabe seguir instrucciones y las que le han dado al llegar a la casa son claras. Tres fotografías de cada habitación: plano largo, medio y corto, y así lo hace.
En el recibidor, unas botas de agua junto al perchero del que cuelga una gabardina con los bolsillos vueltos; una pared llena de fotos de Don Evaristo sosteniendo premios en la feria comarcal junto a su oca, Melindres; y sobre la cómoda, una fotografía pequeña del día de su boda con doña Milagros y un libro de cocina del que asoma una pluma blanca.
En la cocina, la mesa está puesta para uno. Un plato está servido y a medio comer. Don Evaristo vomita en el fregadero y entre arcada y arcada, señala la cacerola y llora.
En el dormitorio, la cama está hecha con pulcritud y han vaciado medio armario. También el armario del baño está medio vacío.
Sale de la casa y se dirige al garaje. Fotografía con cuidado las marcas de rodaduras que atraviesan el jardín y cruzan los rosales; la cancela abierta del corral y el corral alfombrado de plumas de oca.
Y luego regresa en busca de más instrucciones.
III
Leonor es coqueta porque puede serlo. Sabe que es bonita y sabe que es graciosa. Si batir los párpados y sonreír le supone unas propinas extras ¿por qué no habría de hacerlo? Tampoco le hace ascos a algún regalo de cuando en cuando porque ¿acaso es culpa suya si los hombres se encaprichan de ella?
Si, a veces se puede dar alguna situación incómoda, como esta mañana, cuando Doña Milagros ha parado a repostar, pero no es nada que no pueda manejar.
Ha sonreído cuando la ha visto entrar, con su traje de tweed y esos zapatos tan pesados. Le ha llenado el termo de café y la ha visto marcharse arrastrando los pies.
«Evaristo tiene razón cuando dice que es un poco simple. No me extraña que esté aburrido, el pobre» ha pensado.
Y ha vuelto a su trabajo.
IV
—El transbordador llega con algo de retraso —es la explicación que va dando Horacio a todos los coches que esperan en el muelle.
Alguno resopla, pero la mayoría se lo toma bien. Leen las noticias del día, comen bocadillos o pasean por los alrededores. Una mujer en traje de tweed pasea entre los arbustos con un cubo en la mano, remueve la tierra con un palo y, de vez en cuando, se agacha.
Para matar el tiempo y la curiosidad, se acerca. La mujer le enseña el contenido del cubo: orugas y caracoles.
—Esta noche ha llovido mucho. No nos podemos quejar —le dice.
Todavía intrigado, la sigue de regreso al coche. La mujer abre la puerta trasera y mete dentro el cubo. La oca más grande que ha visto nunca está sentada con aire principesco sobre una almohada medio deshecha. Lo ignora con desdén y olfatea el cubo. Retira con el pico una oruga gorda y coge con delicadeza un caracol.
—No le gustan si están cubiertos de tierra —le explica la mujer. Y, luego, añade con cariño—. ¡Melindrosa!
Horacio se queda un rato, mirando fascinado cómo la oca selecciona del cubo algunos bichos y escupe otros. Cuando finalmente se escucha la sirena del transbordador, regresa a su puesto. La mujer lo saluda al embarcar.
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