Anita (parte 1 de 4)



El sombrero coronaba todo el montón de ropa descartada. A medio camino entre un bonete, una diadema y un lazo demasiado grande para cualquier cabeza. El tipo de extravagancia que su señora, deseosa de seguir las modas, pero incapaz de intuir en qué dirección iban, compraba y descartaba cada semana según lo que dictaban las revistas que adquiría por docenas.
La señora llevaba un rato hablando y ella se había perdido casi todo lo que había dicho. Pero es que el lazo era realmente grande.
—… para llevar a la caridad. Por supuesto, puedes coger lo que quieras, ya lo sabes. 
Anita ya lo sabía. La primera vez que la señora le había ofrecido que cogiera su ropa descartada, se había sentido ofendida, pero le pasó pronto. El salario era escaso, los abrigos, de buen paño, y el frío era frío. Además, las condiciones del trabajo no eran malas: un sábado libre de cada tres y la tarde de los miércoles. El sábado lo dedicaba a ir a la estación de trenes, abrir su monedero y comprar un billete de ida y vuelta para el trayecto más largo que pudiera pagar. Lo miércoles se iba a la biblioteca, a cambiar sus libros, y luego se tomaba un café y un pastel de castañas en el salón cercano. 
La señora seguia hablando.
—… al parque. Unas horas. No sabes lo que cuesta organizar un comité con esos llantos continuos —estaba diciendo. 
Anita no se preocupó por la parte que no había escuchado. La señora siempre estaba hablando, sin darle tiempo a una a oirse pensar. Tampoco esperaba respuesta de nadie. Simplemente hablaba, entraba y salía de las habitaciones y esperaba que las cosas se hicieran como hubiera dispuesto. Anita hizo una levísima reverencia y salió de la habitación para dirigirse al cuarto de los niños. 
Los mellizos, niño y niña, la contemplaron con avidez cuando entró. 
—Nos vamos, cariños.
El día que se había presentado para la entrevista, unos meses atrás, era ya de noche, pese a lo temprano de la hora. No conocía esa zona de la ciudad, así que se había bajado del autobús cuatro paradas antes y había tenido que caminar pisando esa nieve que ni es agua ni esos copos esponjosos y que se que cuela entre los ojales de los cordones de los zapatos para calar las medias. Estaba helada y cansada; la señora no dejaba de parlotear y ella sólo sólo podía pensar en el tazón de consomé con jerez que se tomaría en cuanto regresara a su cuartito, así que no escuchó el nombre de los mellizos y cuando supo que había conseguido el trabajo le dio apuro preguntarlo. Dentro de casa los llamaba “cariños”, fuera ella era Consomé y él Jerez. 
Arregló a los niños, con una abundancia de medias, brocados, volantes y puntillas que, según su parecer, era incómodos de poner y de quitar y sólo tenían la ventaja de que, al tener mucha tela, los abrigaban bien. Y luego, con un niño bajo cada brazo regresó al montón de ropa descartada. 
El sombrero seguía allí. Inverosímil. Absurdo. Extravagante. 
Se lo probó y se contemplo en el espejo del tocador. Ella no era bonita. El sombrero no la hacía parecer bonita. Y, desde luego, el sombrero no era bonito. Pero tenía algo, que pedía llevarlo ligeramente ladeado, para que el lazo se inclinara un poquito hacia la oreja, y con tanta tela, no quedaba otra que llevar la cabeza alta.
Consomé rió y Jerez aplaudió con sus manitas torpes. 
—¿En serio lo pensáis? —les dijo. Se giró a derecha e izquierda—. Bueno, supongo que podría. Un ratito solamente, para ver qué tal me encuentro con él.
Un sombrero así no se iba a llevar bien con el resto de su ropa; tenía demasiado carácter. Se puso su mejor abrigo de espina de pez, que antes había sido de la señora. Y unos zapatos que también procedían del montón de descartes. La iban un poco grandes, pero lo arregló remetiendo unas medias en la puntera. Antes de salir metió en el bolso una novela de misterio y un paquete de galletas de menta. Tenía prohibido darlas a los niños pero que eran lo único que los calmaba cuando se enrabietaba. 
Ya en el parque encontró un banco resguardado del frío, los mellizos se aletargaron con el calorcito del sol y la rosaleda que quedaba a su espalda combinaba con el color pálido de su lazo. Mordisqueó una galleta y abrió su novela. Le entusiasmaban las novelas de Agatha Christie, no tanto por los asesinatos, a los que no les encontraba nada particularmente intrigante; cualquiera podía tramar un buen crimen. Eran los viajes lo que la dejaba sin aliento: Mesopotamia, El Cairo, Grecia, Paris… Quedaban tan lejos de sus excursiones de los sábados. 
Antes de que pudiera sentir un poco de lástima de sí misma, Consomé se despertó y despertó a su hermano de un manotazo. Jerez respondió con un mordisco. Era el momento de moverse. Se detuvo delante de una carnicería y de la oficina postal, no para ver lo que exponían, sino para admirar su sombrero. No era el tipo de sombrero que llevaría alguien con el ánimo sombrío, así que sonrió. Al llegar al tercer escaparate se detuvo en seco, olvidada la calle y los chiquillos que corrían por la otra acera, olvidados los mellizos y las galletas de menta. Dos grandes carteles anunciaban viajes a Egipto y allí estaba ella, o más bien, su reflejo sobre las dunas pintadas, con los camellos y las pirámides de fondo, y su sombrero perfilándose sobre el cielo más azul que nunca hubiera visto. 
Entró. 
SI el dueño pensó que su abrigo era de hace dos temporadas o que los zapatos le bailaban un poco, no lo dijo. Su vista iba de los folletos que le explicaba al sombrero y de vuelta a los folletos. Anita no necesitaba hacer números para saber que nunca podría pagarse ese viaje con el contenido de su monedero; este sólo le daba para un viaje de media hora los sábados. Tres cuartos de hora a lo sumo. Pero atendió a las explicaciones, preguntó por lo necesario para viajar con niños y se llevó los folletos. De vuelta en la casa, y todavía con el sombrero puesto Anita se coló en el cuarto de la señora, que estaba abajo ultimando lo que fuera que estuviera preparando con su comité. Cogió la pila de revistas de moda y metió una postal de las esfinges de Guiza entre las páginas de la primera; en la segunda, coloco un folleto de un crucero por el Nilo. Y en la tercera, un articulo sobre la conveniencia de exponer a los niños de corta edad a otras culturas y las ventajas de viajar con niñera para evitar el agotamiento de las madres. Y luego se marchó a acostar a sus cariños. 

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