El mar sintiente
Dicen que hay mares que no son como este. Que son simples extensiones de agua, con sus simas y sus crestas, sus mareas y sus peces. Que no están ávidos de confesiones. Que no enferman. Dicen que en esos mares los faros giran trescientos sesenta grados para avisar a los barcos de los peligros de la costa.
El farero a veces se pregunta cómo será vivir en esos faros, mirando al mar en lugar de a la costa.
Conecta la luz de la linterna a la máxima potencia y comienza a barrer la costa. Pasa rápido por los acantilados; nadie es tan estúpido como para aventurarse a descolgarse por ellos. Un poco más allá la luz desvela los contornos de una playa de arena gruesa, ribeteada de pinos chatos y protegida por una alambrada. Está desierta. Y permanece desierta durante las siguientes horas. El farero da cuenta del café de un termo, de dos bocadillos y de un puñado de manzanas ácidas que ha comprado esa mañana en el pueblo. Tira el último de los corazones por encima del balcón de la garita. No lo oye estrellarse contra las rocas de la base pero el mar, que hasta hace un momento estaba en calma, estrella un par de olas curiosas y luego se remansa.
Justo antes del amanecer, desconecta la linterna. El ronroneo de los rotores que lo ha acompañado toda la noche cesa y agradece el silencio igual que agradece la penumbra que precede a los rosas del amanecer. Se despereza y es entonces cuando la ve.
Una sombra más sólida que las sombras sobre las que se arrastra.
Recorre agazapada el perímetro de la valla, la tantea con un palo y luego, escarba con él en la arena hasta tener el hueco suficiente para deslizarse por debajo. Imposible saber si es hombre o mujer, anciano o niño. La sombra va embozada y se escabulle más que camina.
Encender el faro ya no serviría de nada. Y el farero lo sabe.
Sin perder de vista la sombra alarga el brazo para coger el fusil. No necesita mirarlo para comprobar que esta cargado.
La sombra llega hasta la orilla, se deja caer de rodillas, allí donde la arena se apelmaza por la humedad y, con el mismo palo que ha utilizado antes, comienza a escribir. El mar estira una lengua de espuma. La figura levanta el palo y deja que el agua cubra lo escrito, que lo emborrone y que se lo lleve cuando se retire. Y después escribe unas líneas más.
No tardan en coger el ritmo, el escribiente y el mar. El primero permanece agachado, con la espalda encorvada escribiendo, y el segundo le da espacio durante el tiempo que tarda en retirar una ola y lanzar la siguiente.
El farero querría preguntarle qué escribe, qué es lo que lleva dentro que necesita contar. Reconoce en su postura ese frenesí que posee a los escribientes; no podría parar por mucho que quisiera. No hay quien disfrute de una historia como lo hace el mar.
Intenta descifrar algunas palabras mirando por la mirilla, pero el mar se las lleva consigo quizá con más brío que antes, quizá con más espuma, quizá desplegando el olor de las algas y del salitre.
El farero deja a un lado la curiosidad y aprieta el gatillo pero el arma se encasquilla.
Escupe tres maldiciones, una al escribiente, otra al mar y otra a su propia estupidez. Allí está él, perdiendo el tiempo en divagaciones, mientras el mar se lleva línea tras línea. Glotón como es devorará todo lo que le cuenten sin importarle qué le cuenten.
Siempre hay lunáticos que quieren ofrecerle una historia al mar sintiente. Propia o ajena, triste o alegre. El problema es que, con una historia desafortunada hasta un niño podría ahogar al mar de pena. Ha sucedido antes. El farero recuerda el mar inmóvil, la pestilencia de las algas pudriéndose entre las rocas, las ballenas varadas por centenares en las playas, los peces flotando en grandes bancos, con los cuerpos hinchados, boqueando. Tardaron décadas en recuperarlo.
Amartilla el fusil que, ahora sí, funciona. Y dispara.
La figura cae. El mar la tantea en busca de más letras, la zarandea reclamando más confesiones, otro renglón que devorar. El farero arroja el casquillo por encima de la barandilla. Las aguas se arremolinan en la base del faro y lo aceptan; el punto y final de la historia que han recibido esta noche, y se amansan.
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