Puesta en escena
La tormenta se cierne sobre la ciudad y la primera gota de lluvia tiene el buen tino de no ir a caer al barrio de Santa Alicia; años atrás recibió la primera andanada de bombas y sólo quedan esqueletos de hormigón y escaleras huérfanas de rellanos.
Tampoco va a caer a la Iglesia de los Bienaventurados, que ardió hace cuatro veranos, a raíz d una orden directa de Modesto Montecato, Secretario General del Único Partido.
En lugar de eso, cae sobre el Teatro Real. Resbala por las tejas sueltas y se escurre entre las vigas, esquivando los nidos de las palomas que acompañan con su zuero a los actores en el escenario. Se filtra por las grietas de la argamasa y entre la madera carcomida y cae, por fin, en uno de los almacenes de utillería, dentro de un cubo metálico, finalizando su viaje con un sonoro «¡cloc!» que sobresalta a uno de los dos hombres que, encorvados sobre una mesa, examinan un puñado de papeles.
***
Don Ricardo Aventín, director de escena, se arranca sin querer un puñado de cabellos de la sien cuando la gota interrumpe la reunión. Ha sido él quien ha colocado una veintena de sillas para la reunión que tendrá lugar después. También ha puesto un par de baldes porque, aunque su troupe está curtida, siempre hay uno o dos que tienen el estómago delicado ante la puesta en escena que tendrá que explicarles.
Las notas muestran la ruta que Modesto Montecato, Prócer de la Última Ciudad Libre, tomará unas semanas después hacia los campos de trigo, para celebrar el comienzo de la cosecha.
A su lado, Severino, aguarda, con las piernas estiradas y las manos en los bolsillos, a que termine. Es el jefe de mayordomos de Modesto Motecato, un cargo un tanto difuso que une notas de servicio, diplomacia, discreción y espionaje. Tiene el porte de un caballero y la mirada ligeramente desquiciada de los adictos al riesgo; Don Ricardo tiene, simplemente, la mirada desquiciada. De repente Severino, arruga el entrecejo, le quita las notas de las manos, añade un par de garabatos más con un lápiz roto, y se las devuelve.
***
—No hagas eso, por favor. Me obligas a repensar toda la estrategia —le pide Ricardo. Hace el gesto de coger un cigarrillo, pero hace tiempo que no tiene, así que, en lugar de fumar, abre y cierra compulsivamente la pitillera vacía.
—Me pediste notas exactas y te doy notas exactas —le responde con calma Severino.
—No. Me das un borrador y me lo vas cambiando a medida que recuerdas cosas.
—Bueno, no es que pueda tomar notas sobre la marcha —le vuelve a responder, con la misma calma.
Ricardo estudia las notas durante unos minutos más, al ritmo metálico de la pitillera abriéndose y cerrándose. Lleva mucho tiempo haciendo su trabajo y sabe que es fácil enardecer a una multitud, tanto en una como en otra dirección. Finalmente, se decide.
—Me gusta la plaza —dice, por fin—. Es pequeña así que no cabrá mucha gente. Mis chicos pueden controlarla: unos aplausos y unos cuantos vivas y todos seguirán el ritmo. Pero intenta que no haya nadie en estos balcones. No me gusta la gente en los balcones; es impredecible.
Severino toma una nota escueta en su libreta de anillas. Ricardo coge otra página.
—¿Y los campos? —pregunta.
—Yermos por completo— responde Severino.
—Puedo cubrir las lindes de la carretera con cartón piedra. Si el coche va lo suficientemente rápido no tendría por qué notar que los campos están pintados. El problema vendrá cuando reduzca la marcha a la entrada al pueblo. ¿Podrías conseguirme plantas que parezcan sanas?
—Podría intentarlo —dice Severino sin comprometerse a nada—¿No tienes niños de mejillas sonrosadas? Ya sabes, que tiren pétalos de flores a su paso, o algo así.
Don Ricardo deja la pitillera a un lado y se arranca otro puñado de cabellos.
—Ay, señor. Nos matará.
No es ningún un misterio como Modesto Montecato llegó a ser el Primer Ciudadano. Fue, simplemente, el candidato más inútil, incompetente hasta el ridículo. No era una amenaza para nadie, así que cuando las potencias vecinas apuntaron sus armas contra ellos se produjo un aluvión de zancadillas entre candidatos más dotados y de puñaladas nada metafóricas que le dejaron la vía abierta al poder. Lo que sí era un misterio es cómo un hombre que tenía el aspecto blando de un pelele y la sesera igual de vacía se las arregló para tejer una red de intereses, promesas y deudas. Cuando quisieron darse cuenta les gobernaba un inútil caprichoso, fatuo y con mal carácter. En una de sus primeras visitas a las afueras hizo colgar por los pies a todos los hombre jovenes cuando alguien, entre la multitud, gritó «¡Modesto Mentecato!».
Ese mismo día, Severino reclutó a Ricardo para aguijonear a las multitudes en la dirección correcta.
—¿No puedes convencerle para que se quede?—pregunta Ricardo.
Severino sonríe.
—¿Puede alguien convencerle de algo?
—Podríamos orquestar una tormenta. Funcionó bien el año pasado. Y el anterior.
—¿Tres tormentas en tres años? Ese hombre está convencido de que el sol sale sólo para verle. No tolerará otro año sin su baño de cariño. Ya empieza a ponerse nervioso. Vamos Ricardo, haz tu magia. Monta un espectáculo, despliega a tus hombres, entretenlo unas horas y cuando queramos darnos cuenta habrá pasado.
Ricardo alza la mirada al techo de almacén. En lugar de inspiración, de un milagro o de una vía de escape ve una segunda gota de lluvia, que cuelga de una grieta en el yeso, temblorosa, ganando peso, lista para caer.
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