Zen
Hay semanas que solo tienen lunes. Uno tras otro se amontonan y te consumen y no hay forma de ver el final. Y cuando el viernes llega estás dolorida y agotada y sólo quieres tirarte en el sofá con una manta por encima, y que el mundo desaparezca.
Se que el lunes el despertador volverá a sonar y que me echaré a llorar cuando lo haga. Pero de momento es viernes y todo lo que pido es un bocadillo de atún.
La nevera, por supuesto está vacía, así que me arrastro hasta el Mercadona, arrastro el carrito detrás de mi y arrastro mi dolor de cabeza conmigo.
Cuando llego me detengo a unos metros de la puerta, espantada. Ya no quedan carros ni cestas y los carritos de los clientes están varados junto a las taquillas en filas de cuatro. Detrás de cada caja una hilera de clientes aguarda su turno para pagar unas compras mastodónticas. Y sigue entrando gente. Hago memoria en busca de algo que justifique esta furia. No es víspera de festivo, no es semana de rebajas, ni hora punta. No hay carteles de descuentos a la vista y no he escuchado que se haya desatado una nueva plaga.
Está lleno porque sí.
El estómago me duele.
Abandono mi carrito junto a los demás con la sensación de estar cometiendo una traición y entro.
Es difícil caminar sin chocar con alguien. Los que no corren están detenidos en mitad de los pasillos, consultando sus listas de la compra y entorpeciendo el paso. Hay niños que lloran sentados en sus cochecitos, niños que lloran de la mano de sus padres y padres que tiran de sus niños. Los lineales tienen más huecos vacíos que llenos y la gente se abalanza sobre las cajas casi vacías de la sección de frutas y verduras; incluso el brócoli se ha terminado. A mi lado un hombre coge una col a la desesperada. Antes de darme cuenta, tengo en la mano un manojo reseco y leñoso de espárragos.
Me retiro a la zona de perfumería, en busca de silencio, de un espacio umbrío que me calme el dolor de cabeza, pero la iluminación es inclemente y los espacios vacíos no existen. Sin querer, golpeo una huevera que sobresale de un carrito. Cae al suelo, se abre y todos los huevos se rompen.
—Perdón —digo, aunque no tengo muy claro a quién pertenece el carrito.
Nadie me contesta. Alguien empuja el carrito, que no rueda. Se desliza sin control por encima de las yemas y va golpear una torre de papel higiénico que cae sobre media docena de clientes. Dos tropiezan con los rollos y caen al suelo. Junto a mi, un cliente pisa las yemas rotas y patina, arrastrando consigo a su pareja y a un desconocido.
En unos instantes, el pasillo se ha convertido en un maremágnum de «¡ay!», «mierda», y gemidos de dolor.
De repente el ruido desparece y sólo queda el silencio. Es como si alguien hubiera bajado el volumen del lugar al mínimo y hubiera extendido en el suelo uno de esos antiguos dibujos que enseñaban bailar el cha cha cha con un diagrama de pasos y de flechas. Doy un paso, me agacho y coloco en la rueda de un carrito un espárrago reseco, giro y coloco otro un paso más allá. Me levanto y de un frasco de perfume despego la etiqueta de seguridad y la vuelvo a pegar en la correa de un bolso. Contengo el aliento. Nadie me ha visto.
Los pasos extendidos por el suelo me reclaman. Avanzo y atasco otro carrito, mientras el primero da un bandazo, un salto, golpea la estantería del detergente y tira medio lineal. Pego otra etiqueta de seguridad, intercambio una bolsa de la carnicería por pescado recién fileteado, muevo una cesta unos centímetros y la botella de whisky que debía ir a parar allí se estrella contra el suelo.
Sigo los pasos y las flechas. A medida que avanzo mi dolor de cabeza se desprende capa a capa, como la pintura vieja. Nadie me detiene porque nadie me ve. Soy la discordia encarnada, soy hija de la cizaña, soy un agente del caos.
La gente abandona sus compras en mitad de los pasillos y se dirige hacia las puertas. Las primeras alarmas empiezan a sonar cuando mis etiquetas cruzan las puertas y los agentes de seguridad corren hacia las cajas. De la profundidades de los almacenes aparecen los reponedores y un par de responsables se adentran entre el gentío armados con unas carpetas de clip.
Me escabullo. Hay huecos libres entre la gente que sólo veo yo. En el tumulto de la entrada recupero mi carrito, alargo el brazo sabiendo que encontraré una barra de pan y, un paso más adelante, unas latas de atún que sobresalen de unas bolsas; no es robar porque alguien ha pagado ya por ellos. Cruzo las puertas en el preciso instante en el que bajan la persiana metálica.
Me doy la vuelta y contemplo el caos.
Es hermoso.
Comentarios
Publicar un comentario