Querida Querida
Las cartas son algo engañoso. Uno pensaría que sólo contienen palabras cuando, en realidad, son portadoras de mucho más.
Tomemos, por ejemplo, la carta que llegó hace una semana al número 7 de la Calle de San Nicolás, con remite de la Marina de Su Majestad y que ahora descansa en el repecho de la chimenea. Entre saludos, buenos deseos de salud y diversos formalismos trajo consigo un despacho con la orden de que su destinatario se incorporara de inmediato a su puesto de contramaestre en el buque Alberto.
Seis días justos le ha llevado a su destinatario preparar sus baúles, escribir las últimas cartas que debían ser escritas y bruñir los botones de su uniforme, y ahora está impartiendo a su esposa las últimas instrucciones antes de embarcar.
—Me añorarás querida, lo sé. Pero sabías cuando te casabas conmigo que era marino y que mi primer amor fue y será siempre el mar. Por supuesto, te escribiré en cuanto tenga ocasión y confío en que hagas tu lo mismo. No hay mayor consuelo en alta mar que saberse querido en tierra. Te he dejado unas instrucciones en estos pliegos; no te alarmes. He procurado que sean inteligibles. Sé que la pena te afligirá, querida mía, y lo entiendo perfectamente. No pasa nada. Tan solo te pido que, cuando saques tu silla al jardín para contemplar el horizonte, procures que la desazón no te invada. Y abrígate, querida. Recuerda que tenemos vecinos y que no hay nada que cause más mal efecto que una mujer con la nariz goteando.
Tras estas advertencias, las últimas de una larga serie que comenzó seis días atrás, el destinatario de nuestra carta se carga el morral al hombro, y tras asegurarse de que sus criados llevan el baúl de forma correcta, enfila con paso firme hacia el puerto.
Y querida, a la que seguiremos llamando de esta manera porque no se nos ha dado a conocer otro nombre, si bien le otorgaremos la dignidad de una «Q» mayúscula. Y Querida, como decíamos, se queda exactamente donde él la ha dejado y lo ve alejarse, empeñecerse, convertirse en una mota y subir a un barco.
Al llegar la noche Querida cierra la puerta y pasa las horas escuchado el tic tac de los relojes que hay repartidos por la casa y entre golpe y golpe de péndulo, se maravilla del silencio desprovisto de la voz de su marido.
Por la mañana saca diligentemente una silla de tijera al jardín, su labor y los pliegos que su marido le ha dejado con las instrucciones que debe seguir durante sus meses de ausencia. Antes de terminar la primera página bosteza, lo que atribuiremos a la noche en vela. Toma su bordado, una colección de animales de granja guardados por un granjero aseado, pero tampoco la entretiene y cuando se queda dormida, el bastidor se desliza hasta el suelo. El hecho de que la aguja haya quedado atravesada en el ojo del granjero lo atribuiremos al sol del amanecer, que reflejándose como se refleja en el mar, sin duda deslumbra.
Esa noche Querida detiene todos los relojes de la casa y por la mañana descubre que el rocío ha echado a perder su bordado y las instrucciones que no sabe cómo, dejó olvidados en el jardín. Sin instrucciones ni entretenimiento, pasa los días siguientes vagando por las habitaciones, recolocando cojines y jarrones. Ella, que nunca ha sido torpe, rompe un cantidad inusitada de figuritas de porcelana. Sin duda la pena al recordar el gozo de su marido al adquirirlas es lo que hace que le tiemble el pulso de esa manera al cogerlas. Descubre que no le gustan los huevos cocidos con el desayuno; prefiere el pan con mantequilla y panceta. Rehúsa tres invitaciones para jugar al bridge y en cambio acepta dos para asistir a unas conferencias sobre una extravagancia que llaman «electricidad», algo que le perdonaremos porque es su marido quien, de ordinario, envía y recibe invitaciones.
Da que hablar a sus vecinos, por supuesto. Comentan el buen color de sus mejillas, la gracilidad de su porte y el brillo de sus ojos. Y poco más, porque si alguna vez, al amparo de la noche, un hombre traspasa el umbral de su hogar y de su alcoba, Querida se da el gusto de despacharlo antes de que salga el sol.
Cuando meses después, Querida recibe una carta con el membrete de la Marina de su Majestad, piensa que una carta puede contener en realidad muchas cosas y que quizá esta traiga consigo noticias de un motín, de un naufragio, o de un ataque corsario.
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