Una epopeya



Míranos. 
El héroe y su guía. 
Ha recorrido un gran trecho desde que lo tomé en mis manos. Era un muchacho imberbe, una cosita huesuda y desmañada, sin más armas que una piedra y un palo. Y ahora… ahora está a un paso de convertirse en un héroe. 
Se me saltan las lágrimas al verlo: la armadura bruñida, los hombros anchos y el mentón decidido. 
Han sido muchas horas. Días, semanas y meses dedicados a avanzar y ganar, a conseguir armas y a derrotar enemigos.
Mi buen hacer y sus pasos nos han conducido hasta aquí, hasta esta última aventura en pos del mayor tesoro. 
El bosque es oscuro. Lo conmino a avanzar con un gesto de los dedos. Se adentra en la espesura con la espada desenvainada. Los lobos llegan pronto, relámpagos de colmillos y garras.  Nos hemos enfrentado a ellos antes. Unos cuantos tajos bien dados y caen a sus pies antes de desaparecer. 
Las bestias que vienen después no tienen nombre más allá de este bosque. Son seres de extremidades retorcidas y ojos inteligentes, y son más rápidos que nada a lo que haya hecho frente antes. La espada centellea, mientras gira y se agacha y rueda esquivando colmillos capaces de perforar un tronco. Paga cada herida ajena con una propia.
Cuando conseguimos dejarlos atrás llegan las brujas, astutas y tentadoras. Con ellas no vale la fuerza. Por suerte lleva en la mochila un conjuro ganado hace un par de vidas a un buhonero desarrapado. Lo arroja al suelo. El vial que lo contiene se rompe y deja salir volutas de humo negro, viscosas, que se arrastran y se enroscan en todo lo que está vivo. Es difícil manejar la espada sin herirse a uno mismo. Tras unos segundos frenéticos, las brujas desaparecen, desgarrando la quietud del bosque con sus chillidos.
SIgue avanzando, renqueando, herido como está. El río que encuentra no ofrece descanso. Es salvaje; y el barquero que lo guarda, mezquino. No acepta sus monedas pero le propone un acertijo. Me lleva un rato dar con la respuesta correcta. El barquero claudica y le permite subir a la barca. Baja entre rápidos, esquivando las rocas por poco sólo para ser asaltado por tres náyades en un remanso. Por cuarta vez la espalda corta el aire pero no sirve de nada contra seres que están hechos de agua; se llevan con ellas al barquero y la mochila con todo lo que contiene. Consigue llegar a otro lado remando con la espada. 
Ya no hay bosque. Sólo un paisaje de fosos y precipicios y allá, no muy lejos, la torre y brillando en lo más alto, el tesoro. Los puentes colgantes se deshacen en cuanto los pisa, como si fueran ceniza. Hay que correr y saltar. Impulsarse en el instante exacto en el que el apoyo cede. Y cuando casi ha llegado a la base de la torre, un monstruo emerge de la última fosa. Un ser de fuego lo arrastra al abismo sin que me de tiempo a reaccionar. 
Me quedo lívido, con los dedos temblorosos y la mente vacía. 
Su epitafio se escribe ante mis ojos: 

«GAME OVER

PLAY AGAIN?

YES   NO»

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