Una pareja estupenda


Forman una pareja estupenda: jóvenes y guapos. Más que limpios, pulidos. Ni un brillo en la piel, ni un pelo fuera de sitio. Parecen salidos directamente de un anuncio de jabón. Hacen su entrada en el restaurante precedidos del maître. Él la guía con la mano en su espalda; ella sonríe con dulzura al resto de las mesas.
Los veo tomar asiento desde la barra. Él se lanza con avidez a leer la carta. Ella coloca con el abrigo y el bolso en el respaldo de su silla, cuidando de que no rocen en el suelo, de que no queden arrugas, y entrelaza las manos en el regazo.
Cuando llega su camarero, él pide por los dos y comienza el baile habitual en los restaurantes. Se retiran los platos que había en la mesa y que no sirven para nada, se traen platos nuevos y cubiertos acordes con la comanda. Se depositan panecillos dorados para ir engañando al hambre. Se sirve el vino. Finalmente llega la comida. Él come con gana y bebe con sed, sin dejar de hablar en ningún momento. Ella asiente, picotea su plato y da sorbitos de agua. Le cede su panecillo. 
Cuando les traen los postres me incorporo. No me gustan los tirones. Nunca me han gustado. Los tirones conducen a caídas, a raspones en las rodillas y en los codos. Los tirones provocan dolor. Por eso prefiero los restaurantes. Y por eso siempre espero a los postres. La gente se relaja con los postres. Se sienten pesados, ahítos, soñolientos. 
Me cruzo en el camino del camarero, tropiezo. Me apoyo en la silla de la mujer con tan mala fortuna que tiro su abrigo y su bolso al suelo. Al camarero se le traban los pies con mi bufanda y todo es un «Disculpe», un «No se moleste», un «Vaya, qué mala suerte, se ha enredado» y un «Deje que le ayude». 
Al final conseguimos que los postres lleguen a su sitio. El abrigo vuelve al respaldo de la silla y yo me escabullo con mi bufanda y su bolso hasta el baño. Me encierro en un retrete y reviso el contenido con rapidez. 
Una cartera de piel con su identificación. Ni carnet de conducir, ni tarjetas del banco ni dinero en metálico. Ni fotos de familia ni de amigos.  
Un teléfono móvil sin contraseña. El fondo de pantalla es él. 
No encuentro llaves, ni de casa ni del coche. 
En un neceser encuentro base de maquillaje y corrector, trombocid, arnica, ibuprofeno y paracetamol. 
Y dos paquetes de pañuelos de papel. 
Hay algo bajo el forro. Con la ayuda de una navajita descoso las puntadas para encontrarme con un localizador, no más grande que una moneda. 
Lo coloco todo en su sitio. Luego rebusco en mi propio bolso. La clave está en llevar de todo, pero en no llevar demasiado de nada. Cargar con mucho puede resultar molesto. Saco una bolsita de hierbas. La mezcla es obra mía. Las meto en el neceser junto con un pedazo de papel en el que apunto dos instrucciones. La primera es el tiempo que deben infusionar para que alguien duerma. La segunda, el tiempo que deben infusionar para que alguien duerma y no despierte.
Luego devuelvo el bolso en recepción. 

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