El señor de la noche, de Tanith Lee
A veces una se encuentra un libro que la cautiva. Así, sin más.
¿Por qué compré El señor de la noche, de Tanith Lee?
Un poco de todo.
Estaba escaldada con mis últimas lecturas. Todas novedades. Todas descritas en las portadas y contraportadas con términos superlativos. Vamos, que lo que tenía en las manos era la refundación de la fantasía. Y resultó que al leer los primeros capítulos, y en algunos casos, ni eso, me encontré con tramas flojas desde la primera línea, personajes incoherentes, desarrollos apresurados, traducciones nefastas, escasa o nula corrección del texto, incoherencias que me hacían releer el párrafo e incluso buscar el diccionario por estaba entendiendo mal alguna palabra.
Añadámosle a esto la sensación de empacho que me provoca acudir a las librerías y ver la mesa de novedades cambiada de semana y semana. La certeza, abrumadora, de que es imposible mantenerse un poco al día.
Y sumémosle el precio de los libros, a los que finalmente ha alcanzado la inflación. Y es que invertir entre veinte y veinticinco euros por libro para ni siquiera encontrarlo medianamente correcto es decepcionante.
Quería algo de fantasía clásica, saber que aunque quizá el libro no me hiciera tilín, por lo menos estaría bien escrito. Quería apoyar a una editorial pequeñita, como Duermevela. Quería ir sobre seguro, algo de calidad, escrito con oficio y con respecto. Quería algo escrito por una autora, y si era por una autora desparecida hace tiempo de las estanterías, mejor.
¿Encontré eso?
Uy, si. Y más.
Porque me ha encantado. Y eso que los libros de fantasía escritos en torno a los años setenta y ochenta tienen un tono new age que no me encaja.
Pero El señor de la noche es maravilloso. Una historia que son muchas, en realidad. Porque no es un libro, sino más bien tres, cada uno dividido en dos partes, cada parte con tres capítulos. Y a mi, que la forma de las historias me fascina, me ganó sólo con leer el índice. P
Pero hay más.
El señor de la noche cuenta la historia de la humanidad, «de cuando la tierra era plana» como nos dice en más de una ocasión. Cuenta la historia de un demonio, Azhrarn que juega con el destino de los mortales. Y cuenta cómo las vidas de esos mortales se van enredando y entrelazando hasta que uno se pregunta qué papel juega Azhrarn y qué papel el azar. Y así tenemos entre manos un tapiz en el que las hebras se van entrelazando, y desaparecen durante unos capítulos, para volver a emerger en la trama unos cuantos capítulos después.
El libro, en su estilo, en sus descripciones, llama a los excesos de los ochenta, con esos cardados vaporosos y esas hombreras afiladas. Pero es una exhuberancia que le sienta bien a ese aire de cuento de las mil y una noches.
Lo dicho. Una sorpresa muy agradable. Altamente recomendable. Inmerecidamente olvidado.
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