La primera fiesta de Martina




Hay, enterrada en un nudo de calles, una casa vieja y desconchada, con un embarcadero que tiene mas de podredumbre, que de madera, y una enredadera que, como la plaga que es, ha invadido la fachada del lado sur, levantando con sus zarcillos la cal de la pared. 
Es una casa mentirosa.
El interior está bien conservado desde hace años por una familia de guardeses que hereda profesión, llaves y una nariz afilada. Los muebles se pulen y enceran al sol del verano, las cortinas y la ropa de cama se lava en primavera y los colchones se airean los días secos en las terrazas más altas. 
Cada año, el martes de Carnaval, todos los que han recibido una invitación aguardan a la hora indicada en una fila nerviosa. Ataviados con vestidos vaporosos, miriñaques de amplísimas circunferencias, trajes de magas abullonadas y botones de seda y plata, ocultan su impaciencia tras máscaras blancas y cuando las puertas por fin se abren entran cogidos de los brazos, se alzan sobre las puntas de sus pies, levantan la vista a los frescos que decoran los techos y, obedientes, se dejan conducir hasta el patio. 
Allí se desparraman en torno a la fuente y dedican exclamaciones de admiración al fauno de piedra. Se admiran de los detalles: las estrías de los cuernos, las pezuñas de las patas, la mirada socarrona. Su compañera de baile, más expuesta a las inclemencias del tiempo, es apenas el esbozo desgastado de una ninfa en el que se entrevé el contorno de un brazo o la curva de un pecho. 
Pronto los distrae la música: un cuarteto de cuerda comienza a tocar al caer el sol. Los guardeses pasean entre los invitados, bamboleándose bajo el peso de bandejas cargadas delicias de hojaldre rellena de carne especiada, almendras bañadas en miel e higos imposiblemente tardíos, pero tan dulces que se suben a la cabeza. La bebida cae en cataratas de copas con el pie fino como la pata de una mosca y sobre unas mesas con garras de león inmensos narguiles brindan a los fumadores humos de color oro y azul. 
Martina tiene trece años y es la última de esa línea de guardeses que cumple con sus funciones vestidos de negro y con el rostro oculto tras máscaras de urraca. En realidad es su primo Paolo el más joven de la familia, pero solo tiene cuatro años y siempre está lleno de mocos así que, para Martina, no cuenta.
Como siempre, le han prohibido asistir; ella, por primera vez, ha desobedecido. A medias, porque por mucho que le pese le gusta ser una niña buena y no se ha atrevido a escurrirse por la cocina y mezclarse entre los invitados. En lugar de eso, ha salido por la ventana de su cuarto y ha trepado hasta el tejado, desde donde contempla boquiabierta la fiesta. 
Dedica un buen rato a admirar los vestidos de las damas y otro a maravillarse de la gallardía de los caballeros. Y otro, más largo, a espiar a al patrón. 
Sólo lo ven los martes de Carnaval. No porque sea un ermitaño y permanezca recluido en sus aposentos el resto del año, sino porque, como dice su familia, cuando alguien les pregunta por él:  “El señor está está ausente.” 
Anoche, acompañado de la Nonna y de la tía Fabiola pasó revista a la casa. Ahora Martina lo localiza con facilidad. Todos saben que se reserva el derecho a vestir de fauno: máscara con las cejar hirsutas, barbita trenzada con hojas de vid y cuernos de bestia vieja, con todas sus estrías. Incluso lleva el lóbulo de la oreja derecha rota, igual que la estatua. 
Zizgaguea entre sus invitados, toca la zampoña sobresaltando a los grupos de damas, descorcha botellas de vino. Dos o tres pasos, un giro, un salto y ya está en el otro extremo del jardín. Es fácil seguirlo por el coro de risas y aplausos que lo acompaña. 
La noche pasa en un respiro. Martina disfruta en su atalaya. Poco a poco los invitados se dejan vencer por el cansancio y se marchan arrastrando los pies. Los músicos recogen sus instrumentos con los dedos en carne viva y sus parientes apilan sillas y vacían mesas.  
Justo antes del alba, el patio queda desierto. Apoyado en el poyete de la fuente alguien ha dejado olvidado un plato. Martina tiene hambre y como no hay nadie que pueda afearle sus modales, se descuelga hasta el patio y corre hasta la fuente. Está masticando con avidez uno de esos hojaldres deliciosos cuando se da cuenta de que no está sola. Oculto entre las primeras sombras del día, su patrón le retira la máscara a la última invitada. Es joven, bonita y lo mira embelesada. Tira de ella hacia la fuente y Matilda tarda unos segundos en comprender que su patrón se ha quitado la máscara y que lo que está viendo son realmente cuernos, y una barba de chivo, y una oreja roja y que todo tiene la misma textura que la piedra. 
La mano de la tía Fabiola le tapa la boca con firmeza y la aleja con suavidad de la fuente. A su lado, Nonna se lleva el dedo índice al labio. 
Martina obedece, aunque lo que quiere es gritar cuando el patrón ayuda a la joven a entrar en la fuente y, con suavidad, la introduce en la piedra. Primero el torso, luego la cadera, las piernas y los brazos y, por último, el rostro. La estatua desgastada se llena de detalles que antes no estaban: unos tobillos finos, un hoyuelo, un mechón de pelo. Por un momento la piedra respira y al momento que le sigue, la carne se petrifica.
El patrón se vuelve hacia Nonna, hace una breve reverencia. 
—Hasta el año que viene, querida —dice. Y entra en la piedra. 

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