Tantas cosas por saber


Estimado Comisario Rashomov, 
Ruego sepa disculpar mi atrevimiento al dirigirle estas líneas. Tengo el convencimiento de que un detective de su fama y renombre tiene mejores cosas que hacer que leer una carta como la que me dispongo a escribirle, sobre todo en estos tiempos sombríos que nos acechan. Si embargo, asistí a su conferencia sobre “Los límites de la lógica deductiva en la ciencia forense” y fue tal su rostro de desamparo cuando le preguntaron sobre el caso que la prensa dio en llamar como “El enigma de los tres testigos” que me siento en la obligación de ofrecerle algo de claridad que traiga sosiego a su espíritu. 
Me va a permitir que mantenga mi identidad en secreto, eso sí. Baste con decir que yo servía en la mansión durante esa noche en la que la Duquesa de Algorba jugó a invocar a los espíritus y recibió, a cambio, un collar con los engastes vacíos.
Lo sucedido, es de sobras conocido por todos, si bien las versiones difieren tanto como los tres testigos que mantuvieron los ojos abiertos. 
El duque, que se negó a cerrar los ojos porque todo aquello le parecía una "soberana tontería”, afirmó que la ventana se había abierto con gran estrépito, apagando las lunes de las velas y que un hombre de gran tamaño y pobre condición, había entrado, volcado la mesa desde la que se convocaba al más allá y robado los diamantes del collar de su esposa para huir después por esa misma ventana. 
Tengo el convencimiento de que no vio nada, pero ese hombre daría gustoso un dedo antes de reconocer que no sabe lo que sucede bajo su propio techo. Es una suerte que nunca se haya visto en esa tesitura.
La duquesa, por su parte, había abierto los ojos sólo un instante, en sus ansias por contemplar, siquiera por una vez, una de esas ánimas conjuradas desde el reino de los muertos. Según declaró, cuando las velas se apagaron sintió unos dedos fantasmales en su nuca que le erizaron el alma. Fue esa presencia la que, perturbada en su descanso, volcó la mesa y el juego de jerez y se llevó sus joyas en justo resarcimiento por perturbar su descanso. 
¿Mintió? Francamente, no creo que importe. Ella lo creyó verdad.
Martín, el lacayo, no formaba parte de la invocación, sin más bien del mobiliario, y por lo tanto se consideró eximido de la obligación de cerrar los ojos. Afirmó que cuando las luces se apagaron los señores se pusieron a gritar y que cuando prendieron otra vez las velas, la señora ya no llevaba las joyas, la mesa estaba volcada, y tuvo que ayudar a salir a todo el mundo de la habitación y rescatar de entre los vidrios rotos el collar con los engastes vacíos.
¿Mintió? No es posible. Usted mismo lo exoneró de cualquier sospecha después de interrogarlo.
Esas son las certezas que usted sabe. Permita ahora que le cuente las que se yo. 
Sé que siempre son las doncellas más jóvenes las que sueñan. Sueñan con habitaciones calientes y telas finas, con promesas que valen algo. Y son tan tontas como para no echar el cerrojo a sus puertas al caer la noche. 
Sé que para cometer algunos pecados hacen falta dos personas, que ningún niño debería cargar con las culpas de sus padres, y que un hospicio no es un buen lugar para crecer. 
También sé que, a media luz, un diamante y un cristal no se diferencian en absoluto y que su dueña, aletargada por el opio, no notará la diferencia de tonalidad y peso. Y que si se abre una determinada ventana en el vestíbulo de la mansión a la par que la puerta de la salita, se crea una corriente de aire capaz se sobresaltar al más templado. 
Sé que un criado de pasos ligeros y dedos ágiles puede soltar el broche de un collar y pisotear unos cuantos cristales junto con un juego de jerez. No creo que se sorprenda si le digo que es posible esconder unos diamantes en el agua turbia de un jarrón, y que se puede hornear un bizcocho de pasas y algo mas sin que ese algo más sufra daño alguno. 
Tantas cosas son posibles. 
Como que una joven fregona caída en desgracia se marche de una casa en la que se ha cometido un robo, sin más posesiones que un hatillo y un bizcocho negruzco, y que reciba muchas miradas de lástima, pero ninguna suspicaz
¿Por qué le cuento todo esto?
Porque se que además de un hombre íntegro, también es justo. Y porque tengo el barrunto de que esta guerra que se avecina por el horizonte será larga y traerá consigo vientos de cambio. 
Confío en que estas letras le hayan traído algo de sosiego y deseo que sepa que hay una casita de campo, allá por el norte, en la que hay una veintena de niños soñadores que crecen con habitaciones calientes y sábanas de telas finas.


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