Los diez elementos del disfraz




Tránsito pensó que su situación se parecía mucho a la de aquellos chistes a los que nunca les veía la gracia: “¿Qué hacen un capitán de la guardia, una abadesa y una ladrona en un calabozo?”
Sólo pensar en reírse hacía que le dolieran las costillas y la mandíbula. La mandíbula se la había golpeado el último guardia. Las costillas se las había golpeado ella al saltar a la desesperada por una ventana del primer piso. Por suerte, pensó, no se había roto nada. Se le escapó una risita por la nariz porque engrilletada de manos y pies como estaba que se hubiera llegado a romper algo tampoco hubiera empeorado mucho sus posibilidades de fuga.
—Lo que yo le diga, madre abadesa —dijo el capitán—. A esta gente le falta un aire. Mírela. Se ríe y todo. 
La abadesa, una figura sarmentosa, vestida de negro, que aguardaba replegada en las sombras del calabozo, asintió en silencio. Toda ella tembló e hizo repiquetear el rosario que llevaba colgado al cinto.
Tránsito, por su parte, consideró aquél comentario profundamente injusto. Hasta donde ella sabía, tenía los mismos aires que cualquier otro. Incluso alguno más, si tenemos en cuenta que había conseguido sobrevivir durante dieciséis años en los arrabales.
Contempló con ojeriza el cáliz ribeteado de rubíes que sostenía la abadesa.
Aquella noche había tenido, simplemente, mala suerte.
—Lo que no me explico, muchacha, es cómo conseguiste saltarte todos mis puestos de control.
Tránsito se encogió de hombros y le dolió.
—Nadie se fija en las terceras hijas—dijo, con un suspiro.
—¿Cómo dices? —preguntó el capitán. 
—Terceras hijas —habló la abadesa por primera vez. Su voz era igual de seca y temblorosa que su figura—. Mire su ropa. Las primeras hijas se llevan lo mejor del armario de sus madres. Las segundas hijas pueden salir airosas con un par de arreglos en los vestidos. Para cuando la ropa llega a las terceras hijas tiene, bueno, ese aspecto. Correcto pero sin lustre. Perfecto para pasearse por una sala llena de tesoros sin que nadie se fije en ellas.
— Tonterías. Una dama es una dama y una rata, una rata —dijo el capitán. 
Tránsito se planteó escupirle, pero detrás del capitán, la abadesa había salido de las sombras y sonreía. Era una de esas sonrisas que hacía que solo una de las comisuras se elevara, de las que iban acompañadas de un giro ligero de cabeza que se detenía cuando se había localizado el punto en el que se podía clavar un puñal.
Cuando uno veía una de esas sonrisas en los arrabales procuraba correr en la dirección contraria.
La abadesa no atacó. En lugar de eso se encogió, pegó los brazos al cuerpo, le fallaron las rodillas, alzó la mirada al techo del calabozo y soltó un grito que sonó más bien como el chasquido de una rama seca
—Agua —pidió sin resuello. 
El capitán se inclinó para recogerla antes de que cayera al suelo. Un gesto noble que se vio interrumpido por un sonoro y muy bien asestado mandoble con el cáliz. 
La abadesa se incorporó antes de que Tránsito pensara en escapar. Con dos pasos rápidos pasó por encima del capitán, llegó hasta la puerta y la cerró. Se sentó con al espalda muy derecha y estiró unas piernas que antes no parecían tan largas. Colocó las manos firmes sobre la mesa y cruzó los dedos. 
—Ahora querida muéstrame cómo lo hiciste. 
—Ya se lo he explicado.
—Y yo lo he entendido. Pero sólo con un disfraz de tercera hija no hubieras llegado tan lejos. Quiero ver cómo lo hiciste. 
—¿Para qué?
—Para ver si te vienes conmigo o si te dejo aquí. ¿Qué crees que hace mi orden?
Tránsito contempló al capitán tumbado en el suelo.
—¿Rezan? —dijo no muy convencida.
La abadesa hizo un gesto vago con las manos. 
—Menos de lo que la gente cree. Más bien coleccionamos muchachas valiosas. Si tus habilidades me son útiles vendrás conmigo; si no, gritaré que has atacado al capitán.
—Me ofrece cambiar una prisión por otra. 
—Ah, pero de la que te ofrezco podrás escapar si eres más lista que yo. Ahora enséñame cómo lo hiciste.
Tránsito obedeció. Se puso en pie. Inclinó la cabeza y encorvó la espalda. Dejó escapar el aire de los pulmones, bajó la barbilla y apretó los labios. Estrujó nerviosa el vestido y luego lo alisó y lo volvió a estrujar. Dio un par de pasos sin energía y la miró de reojo, como aquel que intenta ver sin molestar. 
—Perfectamente anodida —dijo la abadesa—. Muy bien. ¿Cómo te descubrió el último guardia?
—Porque no se tragó mi disfraz. Era corto de vista. 
—Tendrás que trabajar en los otros nueve elementos del disfraz. Ahora procura parecer insulsa. 
—¿Y usted?
—Ah, yo pareceré mareada. Ya verás. Nos vamos a divertir.

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