Sal y romero (primera parte)



Siempre me admiró la facilidad con la asumimos que los muertos estaban retornando. Miasmas, efluvios, apariciones… recibieron muchos nombres durante los primeros días. Al cabo de unas semanas todos habían visto a «alguien» que no debía estar ahí; y los que no habían visto a «alguien» afirmaban haberlo hecho igualmente. Parecía que la infestación no tenía fin. 
El gobierno hizo lo que mejor hace: puso carteles. 
«Para tener un día de provecho, ignore a la aparición que baja del techo”
«Para a los muertos hacer centellear, sal y romero, sin dudar»
«Zona de alta concentración. La mascarilla no es una opción. Es condición.»
Los retornados hacen lo mismo que hacían en vida: lo que más disfrutaban, lo que más les atormentaba. Un traslucido Toulouse Lautrec dibuja sin descanso en una buhardilla carteles etéreos y puede verse a un sinfín de sombras de Josephine Baker contoneándose con frenesí en los mismos teatros en los actuó. 
Cuanto mayor es la concentración de miasmas, cuanto más sólidos los efluvios, mejor puede verse qué hacen. Las obras que Shakespeare ha redactado en un estado de postumez casi sólida se representan con éxito en todo el mundo.
Aunque la interacción con los retornados no está exento de riesgos, claro. De ahí la poesía gubernamental y la catelería. Dicen que en París, un barrendero se acercó demasiado a la tumba de Napoleon y quedó poseído sin remedio. Ahora lo tienen retenido en algún lugar de Normandía tramando planes para la reconquista de Europa y vigilado por una guardia rotatoria; al parecer, su carisma se ha mantenido intacto y cada dos por tres consigue armar un pequeño ejército. 
Ir a las fuentes primigenias, a las casas natales, a los cementerios, a los campos de batalla es arriesgado. Pero es fácil encontrar un eco de Lope de Vega callejeando por Madrid, o captar una sombra de Tolstoy en Tula o San Petersburgo. Basta con coger un tarro de cristal, de esos de mermelada, encender un poco de incienso en el fondo junto con un cebo (unas gotas de tinta, o una cuerda de guitarra o un poquito de tinta al óleo) y quedarse muy quieto. Las apariciones son criaturas de hábitos; siempre caen en las trampas. Una red de plata garantiza que no escapen. 
Lo sé porque me dedico a esto. Trabajo para la primera editorial inversa. En lugar de publicar manuscritos, vendemos inspiración. Pequeñas volutas de humo de grandes escritores que ayudan al creador atascado. Tan diminutas que no suponen un riesgo para la salud del cliente. Tan volátiles que no existe el riesgo de un plagio accidental. 
No especializamos en literatura inglesa. Es tal la abundancia que ofrecen las calles de Londres que no que más remedio que pasear con máscaras antigás. Con solo dos días de deambular por aquí he llenado una veintena de frascos. Me duelen los dedos de tejer redes de plata y el rumor que se escapa de las cajas donde los guardo me crispa los nervios, así que he pensado que un paseo por el canal me vendría bien. 
Es entonces, cuando lo veo. Un chiquillo transparente arrodillado en la orilla que maneja con habilidad una red cazamariposas. Cuando la saca del agua, cargada de renacuajos etéreos es tan su emoción que su figura gana en solidez. Sus grises se vuelven pardos y el cabello se adivina rubio. A su lado, en una cesta de mimbre, se alinean tarros con escorpiones, mariposas y lagartijas. Un búho espectral vuela hasta posarse en su hombro.
Me quedo quieta. Con cuidado bajo el pie derecho para terminar el paso. El chiquillo recoge su captura y, mientras ordena los tarros crece. Los años transcurren en segundos. El adulto que se echa al hombro la cesta tiene el rostro redondo, la barba descuidada y el pelo gris. Lleva la camisa de explorador abierta hasta el tercer botón que cierra con dificultad sobre una tripa feliz.
—Gerald Durrell —digo en voz alta, sin poder evitarlo. 
La aparición me sonríe. Una sonrisa cálida. Y yo le devuelvo la sonrisa. Una sonrisa boba, de niña que devoró la trilogía de Corfú a los doce años y la volvió a devorar cada verano desde entonces. Que descubrió que los veranos sofocantes del Mediterráneo tenían su encanto, que los paisajes tórridos, los vecinos ruidosos, las familias caóticas eran más soportables entre animales.  Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes, El jardín de los dioses. La trilogía de Corfú en la edición de bolsillo de Alianza Editorial, leída y releída cada verano a la sombra del patio. 
La aparición se aproxima, amigable, pacífica. Algo me dice que es así como se aproximaba en vida a los animales. La mano tendida, las palabras murmuradas a media voz. Pienso en la posibilidad de prestarle mi mano y mi mente, de permitirle escribir un cuarto libro y pienso en las páginas desencoladas de mis libros viejos, en los cantos con manchas de humedad. Siempre fue el retorno a lo conocido lo que me hizo leerlos hasta saberme párrafos de memoria, no el deseo de nuevas historias. Echo la mano al bolsillo derecho y antes de que la aparición de un paso más, le arrojo un saquito de sal y romero. Las rimas gubernamentales son malas, pero no mienten. Gerald Durrell se deshace en una nube de centellas.

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