Nada parecido a un altar
Hay quien dice que los rastrillos son un tesoro para el que sabe mirar.
Yo solo veo trastos viejos y polvo.
El único motivo por el que estoy aquí es porque llevo cinco noches sin dormir y necesito desesperadamente una máquina de escribir. No soy quisquilloso. Me dan igual época, fabricante y modelo. Sólo necesito que funcione. Y no estoy teniendo suerte. He visto ya media docena y cuando no fallan las teclas, es el rodillo el que no gira, o las varillas las que se apelotonan.
Estoy a punto de dejarme caer en este mismo lugar y echarme a llorar sin ningún rubor cuando la veo. Encima de un pupitre escolar que todavía conserva todos sus chicles pegados. Me acerco, rezando a todos los dioses que se me ocurren. Tecleo con delicadeza el eterno «asdf ñlkj» y la máquina responde con un delicioso repiqueteo. Casi sin atreverme, sigo con la secuencia. Las varillas estampan las letras en el rodillo y el carro avanza pasito a pasito hasta llegar al final con un maravilloso «¡Clin!». Una suave presión en la palanca y el carro vuelve al inicio, listo para estampar una nueva línea.
Rompo a llorar, pago entre hipidos y me llevo la máquina a casa. Una vez allí la dejo encima de la mesa, frente a las estanterías. Hago una pequeña búsqueda por internet y, dado que el mecanismo de la máquina funciona, lo único que tengo que hacer es quitarle el polvo y engrasarla. La cinta de la máquina la compro por internet y esa misma tarde me la entregan.
Al final del día, me duelen los dedos de tanto limpiar recovecos, y me lloran los ojos del polvo, y tengo manchas de aceite bajo las uñas, pero la máquina reluce, satisfecha y orgullosa. Coloco un asiento enfrente y enciendo una varilla de incienso.
Por supuesto, no es un altar.
Por primera vez desde que se leyó el testamento del tío Abel y descubrí que me había dejado en herencia su colección de obras inacabadas, me parece que respiro un poco mejor. Podría haberme dejado la casa del campo, o cualquiera de los fondos de inversión, pero no. El muy bastardo tuvo que legarme su librería de historias que los grandes autores de la literatura no llegaron a terminar. «El escritor de la familia, sin duda, sabrá apreciar mi colección inconclusa» añadió con regodeo póstumo.
Parte de la culpa es mía, supongo. Porque cometí la imprudencia de desembalar las cajas que trajo el albacea, colocar los libros en la estantería y ojearlos. Y desde entonces no duermo. Las posibilidades de cada historia son infinitas y ninguna es correcta, así que paso las noches en vela, rehaciéndolas. Imagino finales, cierro párrafos, concluyo argumentos y ninguno me satisface. Ni a mi ni a los autores que se me aparecen en sueños para atormentarme por mi pobre saber hacer.
Esta noche, la primera en cinco días, consigo dormir un par de horas.
A la mañana siguiente, retiro las cenizas del incienso y salgo a dar un paseo. Lejos de casa, de las estanterías, recupero la serenidad y, tras un par de cafés, entro en la biblioteca y consigo trabajar hasta la tarde.
Por la noche vuelvo a limpiar y a engrasar la máquina de escribir. Tras pensarlo un poco, coloco una lámpara al lado; siempre es bueno tener luz. Antes de irme a dormir, enciendo otra varilla.
Al día siguiente repito la misma rutina. Añado una flor. No porque sea un altar, ni por asomo, sino porque a nadie le disgusta mirar algo bonito cuando trabaja.
Y al otro día coloco un bombón en un platito. Podría parecer una ofrenda, pero no lo es. Sólo he pensado que, a veces, apetece tener algo dulce que llevarse a la boca cuando uno teclea.
Y cada noche, consigo una hora más de sueño.
Al séptimo día me levanto renovado. La máquina ya no está en su rincón, que no es un altar ni nada que se le parezca. También el bombón y la flor han desparecido.
Retiro el incienso, enjuago el jarrón y limpio el platito. Antes de llegar al rastro compro media docena de rosas en un quiosco. La prensa anuncia con grandes titulares el descubrimiento del año: en el doble fondo de una pared de la que fue su última casa, han encontrado El último magnate, de F. Scott Fizgerald, escrito y corregido desde el capítulo uno hasta el final. Sus editores calculan unos ingresos desorbitados por la publicación de la que, hasta ese momento, era una obra inacabada.
Pago y me enfundo los guantes de látex. Voy en busca de otra máquina de escribir, aunque también me gustaría encontrar unas cuantas plumas de ganso y un par de tinteros. Jane Austen me perturba por las noches con su Sanditon falto de los últimos capítulos por las noches. Para Kafka tengo un par de plumas estilográficas y papel en casa; creo que será suficiente.
Yo solo veo trastos viejos y polvo.
El único motivo por el que estoy aquí es porque llevo cinco noches sin dormir y necesito desesperadamente una máquina de escribir. No soy quisquilloso. Me dan igual época, fabricante y modelo. Sólo necesito que funcione. Y no estoy teniendo suerte. He visto ya media docena y cuando no fallan las teclas, es el rodillo el que no gira, o las varillas las que se apelotonan.
Estoy a punto de dejarme caer en este mismo lugar y echarme a llorar sin ningún rubor cuando la veo. Encima de un pupitre escolar que todavía conserva todos sus chicles pegados. Me acerco, rezando a todos los dioses que se me ocurren. Tecleo con delicadeza el eterno «asdf ñlkj» y la máquina responde con un delicioso repiqueteo. Casi sin atreverme, sigo con la secuencia. Las varillas estampan las letras en el rodillo y el carro avanza pasito a pasito hasta llegar al final con un maravilloso «¡Clin!». Una suave presión en la palanca y el carro vuelve al inicio, listo para estampar una nueva línea.
Rompo a llorar, pago entre hipidos y me llevo la máquina a casa. Una vez allí la dejo encima de la mesa, frente a las estanterías. Hago una pequeña búsqueda por internet y, dado que el mecanismo de la máquina funciona, lo único que tengo que hacer es quitarle el polvo y engrasarla. La cinta de la máquina la compro por internet y esa misma tarde me la entregan.
Al final del día, me duelen los dedos de tanto limpiar recovecos, y me lloran los ojos del polvo, y tengo manchas de aceite bajo las uñas, pero la máquina reluce, satisfecha y orgullosa. Coloco un asiento enfrente y enciendo una varilla de incienso.
Por supuesto, no es un altar.
Por primera vez desde que se leyó el testamento del tío Abel y descubrí que me había dejado en herencia su colección de obras inacabadas, me parece que respiro un poco mejor. Podría haberme dejado la casa del campo, o cualquiera de los fondos de inversión, pero no. El muy bastardo tuvo que legarme su librería de historias que los grandes autores de la literatura no llegaron a terminar. «El escritor de la familia, sin duda, sabrá apreciar mi colección inconclusa» añadió con regodeo póstumo.
Parte de la culpa es mía, supongo. Porque cometí la imprudencia de desembalar las cajas que trajo el albacea, colocar los libros en la estantería y ojearlos. Y desde entonces no duermo. Las posibilidades de cada historia son infinitas y ninguna es correcta, así que paso las noches en vela, rehaciéndolas. Imagino finales, cierro párrafos, concluyo argumentos y ninguno me satisface. Ni a mi ni a los autores que se me aparecen en sueños para atormentarme por mi pobre saber hacer.
Esta noche, la primera en cinco días, consigo dormir un par de horas.
A la mañana siguiente, retiro las cenizas del incienso y salgo a dar un paseo. Lejos de casa, de las estanterías, recupero la serenidad y, tras un par de cafés, entro en la biblioteca y consigo trabajar hasta la tarde.
Por la noche vuelvo a limpiar y a engrasar la máquina de escribir. Tras pensarlo un poco, coloco una lámpara al lado; siempre es bueno tener luz. Antes de irme a dormir, enciendo otra varilla.
Al día siguiente repito la misma rutina. Añado una flor. No porque sea un altar, ni por asomo, sino porque a nadie le disgusta mirar algo bonito cuando trabaja.
Y al otro día coloco un bombón en un platito. Podría parecer una ofrenda, pero no lo es. Sólo he pensado que, a veces, apetece tener algo dulce que llevarse a la boca cuando uno teclea.
Y cada noche, consigo una hora más de sueño.
Al séptimo día me levanto renovado. La máquina ya no está en su rincón, que no es un altar ni nada que se le parezca. También el bombón y la flor han desparecido.
Retiro el incienso, enjuago el jarrón y limpio el platito. Antes de llegar al rastro compro media docena de rosas en un quiosco. La prensa anuncia con grandes titulares el descubrimiento del año: en el doble fondo de una pared de la que fue su última casa, han encontrado El último magnate, de F. Scott Fizgerald, escrito y corregido desde el capítulo uno hasta el final. Sus editores calculan unos ingresos desorbitados por la publicación de la que, hasta ese momento, era una obra inacabada.
Pago y me enfundo los guantes de látex. Voy en busca de otra máquina de escribir, aunque también me gustaría encontrar unas cuantas plumas de ganso y un par de tinteros. Jane Austen me perturba por las noches con su Sanditon falto de los últimos capítulos por las noches. Para Kafka tengo un par de plumas estilográficas y papel en casa; creo que será suficiente.
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