Sal y romero (tercera parte)


Reverberaciones, propone el profesor. 
Y a mi me asalta el pánico. El mismo que antes de los exámenes. Ese de quedarse en blanco y  de olvidarse de todo lo que una sabe. Era tal la blancura en esos casos que retrocedía, asignatura por asignatura, para ver si había algo que consiguiera recordar. 
De lo que entraba para el examen, ni intentarlo; los principales pintores del barroco no habían existido, tampoco la declinaciones del latín, ni los ríos y ni la capitales europeas. Blanco. Me remontaba a los estambres y los pistilos, el sistema digestivo. Nada. Lo que tuviera números quedaba descartado. Al final llegaba a la señorita Mayte, que nos contaba historias de una «b» que llevaba un bolso y de una «h» que se quedó muda por mirar al país de los gigantes. Ahí si, recuerdo rodear con un círculo una «m» en una página llena de letras. Eso era fácil. También las frases repetidas una debajo de otra. Nunca fui de «Mi mamá me mima»; eso se daba por supuesto. Yo era más sofisticada. Lo mío era «La sopa está sosa».
Pero con recuerdos no se construye un relato, que es de lo que se trata esto. 
Como siempre he sido aplicada, sigo las instrucciones. Releo lo escrito hasta ahora. Más sirenas de lo que imaginaba, menos brujas de las que me gustaría y un número destacado de muertos. Tantos, que podría escribir con tinta roja y nadie se sorprendería. 
Pero ni las sirenas, ni las brujas, ni los muertos acuden a mi rescate. Ninguno me dice nada. Quedan cosas más allá, en la oscuridad de los márgenes, que ni me cuento ni cuento. Pueden seguir dormitando allá donde están.
Abro cajón, revuelvo un poco y cojo el diapasón, recuerdo de unas clases de música que no llevaron a ningún sitio. Lo golpeo con el borde de la mesa y me lo aplico a la sien. Reverberar, reverbera, pero sin armonía. Se parece más bien al ruido que haría si uno metiera dos puñados de garbanzos secos en una caja de zapatos y la agitara fuerte. 
Tampoco eso sirve para un relato. 
No me queda otra más que salir. Más que suspirar resoplo porque, la verdad, no me apetece. En la cocina cojo un tarro de cristal, coloco un cebo de incienso y virutas de lápiz y ajusto la red de plata. Antes de abrir la puerta de la calle recuerdo que la noche de todos los santos está cerca y los espíritus se alborotan. Por si acaso cojo un par de saquitos de sal y romero y, ahora sí, salgo en busca de inspiración. 

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