Sal y romero (segunda parte)
Puede haber sido cualquier cosa, la verdad.
Un nudo suelto en la red de plata, una tapa mal enroscada, una grieta en el cristal que no vi.
Tardo un rato en darme cuenta y cuando lo hago es porque la veo. Una silueta que alguien menos familiarizado con las apariciones tomaría por la luz del atardecer jugando ese polvo que siempre flota en las habitaciones, por muy limpias que estén.
Repaso rápidamente mis capturas de los últimos días: neblinas etéreas, flecos, reminiscencias. Nada que pudiera provocar una posesión. La aparición más sólida que tuve enfrente fue la de Gerald Durrell y a esa la centellee. Lo que tengo delante es lo nuestros clientes llaman una “musa”. Una leve intoxicación provocada por una miasma. Rodeo la figura encorvada que flota en el centro de la habitación con la intención de abrir la ventana pero me quedo a medio camino porque mi aparición está escribiendo.
En el centro de la habitación flota un reflejo desvaído de mi, sin espejo al que aferrarse. Los bordes de la silueta están deshilachados y la silueta misma se adivina más que se ve. Pero soy yo, las gafas mal asentadas en la nariz y sentada con las piernas cruzadas en una silla invisible, concentrada en la tarea de escribir.
Me sorprende verme así. Lectora he sido siempre, por eso me dedico ahora a la caza de espectros literarios. ¿Pero escritora? Escritora nunca. Me falta la constancia que sigue al arranque, que es una forma delicada de decir que soy perezosa.
Debería ventilar la habitación, lo sé, pero tengo curiosidad por saber qué escribiría si tuviera fuerza de voluntad.
Me acerco. Todavía soy demasiado traslúcida para verme con claridad, pero no me cabe duda de que soy yo. Termino de rodear la figura para volver al punto de partida, junto a las cajas llenas de tarros. Los reviso con rapidez.
Ahí está.
Un tarro mal cerrado. Compruebo en la etiqueta que ha sido una miasma de Dodie Smith la que está provocando esta alucinación. Como el producto, por llamarlo de alguna manera, ya se ha echado a perder termino de abrir el frasco.
Gano consistencia. Yo no. El espectro. Las gafas se perfilan con claridad, igual que los rizos. Toma cuerpo un cuaderno. Aparecen una silla y una mesa. Escucho el rasgueo de una pluma. Resoplo. Por supuesto, de escribir tengo que hacerlo con pluma. Además de perezosa, pretenciosa.
Me acerco con cuidado y me asomo para ver lo que estoy escribiendo. Yo no, mi espectro. Las páginas del cuaderno todavía son de un gris demasiado uniforme para conseguir leer algo.
Abro otro tarro. Edgar Alan Poe, esta vez.
Ahora sí, adopto tanto cuerpo que me veo reflejada en la ventana de la habitación. A mi y a mi espectro. A las dos: yo y yo. Una a color y otra en una variada gama de grises. Me asomo por encima de mi hombro, de su hombro, para ver qué estoy escribiendo, pero cuando lo hago la aparición se aleja y gira hasta volver a situarse a la misma distancia y en la misma posición respecto a mi que antes. Lo intento otra vez y el resultado es el mismo. Es como jugar con dos imanes con la misma polaridad. Cuando lo intento por tercera vez, mi aparición levanta la vista del cuaderno y me mira con fastidio.
Alzo las dos manos.
—No quería molestar —me digo—. ¿Estás escribiendo?
No necesito ver la mirada que me lanzo, por encima de las gafas, para saber que la pregunta está mal formulada. Carraspeo. Mi aparición aguarda con paciencia.
—Estás escribiendo —afirmo. Y mi aparición asiente—. ¿Puedo verlo?
Me veo sonreír y no me gusta la sonrisa. Es la misma que sé que pongo cuando tengo algo que alguien quiere y no tiene: una carta en una partida, una llave para abrir un diario, un secreto para torcer una voluntad.
—Quedará entre tu y yo —digo y me reiría de mi propia gracia si no fuera porque yo, mi reflejo se recuesta en la silla y me muestra tres cuadernos espectrales, gastados, llenos. Luego, tranquilamente, me da la espalda y sigue escribiendo.
Realmente soy difícil de aguantar.
—Déjame verlo. Sólo la primera línea —pido.
Mi espectro agita una mano con el gesto que reservo a las moscas lentas en verano.
—¡Eres insufrible! —me digo.
Debo reconocer que hace lo que yo haría. Echa mano del bolsillo y me arroja un saquito de sal y romero. Se deshace como una voluta de humo en cuanto me roza, pero tiene el cuerpo suficiente como para cubrirme de centellas fantasmales.
Francamente, me siento insultada. Corro hasta la ventana y la abro de golpe. El aire fresco disipa los efluvios de Dodie Smith y de Edgar Alan Poe y, con ellos, se desvanece mi aparición: mesa y silla, cuerpo y pluma. El cuaderno permanece unos segundos más, abierto. Corro hasta él.
Un nudo suelto en la red de plata, una tapa mal enroscada, una grieta en el cristal que no vi.
Tardo un rato en darme cuenta y cuando lo hago es porque la veo. Una silueta que alguien menos familiarizado con las apariciones tomaría por la luz del atardecer jugando ese polvo que siempre flota en las habitaciones, por muy limpias que estén.
Repaso rápidamente mis capturas de los últimos días: neblinas etéreas, flecos, reminiscencias. Nada que pudiera provocar una posesión. La aparición más sólida que tuve enfrente fue la de Gerald Durrell y a esa la centellee. Lo que tengo delante es lo nuestros clientes llaman una “musa”. Una leve intoxicación provocada por una miasma. Rodeo la figura encorvada que flota en el centro de la habitación con la intención de abrir la ventana pero me quedo a medio camino porque mi aparición está escribiendo.
En el centro de la habitación flota un reflejo desvaído de mi, sin espejo al que aferrarse. Los bordes de la silueta están deshilachados y la silueta misma se adivina más que se ve. Pero soy yo, las gafas mal asentadas en la nariz y sentada con las piernas cruzadas en una silla invisible, concentrada en la tarea de escribir.
Me sorprende verme así. Lectora he sido siempre, por eso me dedico ahora a la caza de espectros literarios. ¿Pero escritora? Escritora nunca. Me falta la constancia que sigue al arranque, que es una forma delicada de decir que soy perezosa.
Debería ventilar la habitación, lo sé, pero tengo curiosidad por saber qué escribiría si tuviera fuerza de voluntad.
Me acerco. Todavía soy demasiado traslúcida para verme con claridad, pero no me cabe duda de que soy yo. Termino de rodear la figura para volver al punto de partida, junto a las cajas llenas de tarros. Los reviso con rapidez.
Ahí está.
Un tarro mal cerrado. Compruebo en la etiqueta que ha sido una miasma de Dodie Smith la que está provocando esta alucinación. Como el producto, por llamarlo de alguna manera, ya se ha echado a perder termino de abrir el frasco.
Gano consistencia. Yo no. El espectro. Las gafas se perfilan con claridad, igual que los rizos. Toma cuerpo un cuaderno. Aparecen una silla y una mesa. Escucho el rasgueo de una pluma. Resoplo. Por supuesto, de escribir tengo que hacerlo con pluma. Además de perezosa, pretenciosa.
Me acerco con cuidado y me asomo para ver lo que estoy escribiendo. Yo no, mi espectro. Las páginas del cuaderno todavía son de un gris demasiado uniforme para conseguir leer algo.
Abro otro tarro. Edgar Alan Poe, esta vez.
Ahora sí, adopto tanto cuerpo que me veo reflejada en la ventana de la habitación. A mi y a mi espectro. A las dos: yo y yo. Una a color y otra en una variada gama de grises. Me asomo por encima de mi hombro, de su hombro, para ver qué estoy escribiendo, pero cuando lo hago la aparición se aleja y gira hasta volver a situarse a la misma distancia y en la misma posición respecto a mi que antes. Lo intento otra vez y el resultado es el mismo. Es como jugar con dos imanes con la misma polaridad. Cuando lo intento por tercera vez, mi aparición levanta la vista del cuaderno y me mira con fastidio.
Alzo las dos manos.
—No quería molestar —me digo—. ¿Estás escribiendo?
No necesito ver la mirada que me lanzo, por encima de las gafas, para saber que la pregunta está mal formulada. Carraspeo. Mi aparición aguarda con paciencia.
—Estás escribiendo —afirmo. Y mi aparición asiente—. ¿Puedo verlo?
Me veo sonreír y no me gusta la sonrisa. Es la misma que sé que pongo cuando tengo algo que alguien quiere y no tiene: una carta en una partida, una llave para abrir un diario, un secreto para torcer una voluntad.
—Quedará entre tu y yo —digo y me reiría de mi propia gracia si no fuera porque yo, mi reflejo se recuesta en la silla y me muestra tres cuadernos espectrales, gastados, llenos. Luego, tranquilamente, me da la espalda y sigue escribiendo.
Realmente soy difícil de aguantar.
—Déjame verlo. Sólo la primera línea —pido.
Mi espectro agita una mano con el gesto que reservo a las moscas lentas en verano.
—¡Eres insufrible! —me digo.
Debo reconocer que hace lo que yo haría. Echa mano del bolsillo y me arroja un saquito de sal y romero. Se deshace como una voluta de humo en cuanto me roza, pero tiene el cuerpo suficiente como para cubrirme de centellas fantasmales.
Francamente, me siento insultada. Corro hasta la ventana y la abro de golpe. El aire fresco disipa los efluvios de Dodie Smith y de Edgar Alan Poe y, con ellos, se desvanece mi aparición: mesa y silla, cuerpo y pluma. El cuaderno permanece unos segundos más, abierto. Corro hasta él.

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