La cacería del dragón




Dicta la tradición que cuando un muchacho quiere convertirse en hombre, debe dirigirse al bosque y cazar a una bestia. 

Normalmente los muchachos del pueblo se internan en el bosque y regresan con la piel de un lobo, o con la cabeza de un oso. 

Pero Gallardo no. El es el hijo del marqués. Así que durante la fiesta de su decimoséptimo cumpleaños anuncia que partirá más allá del bosque, hasta las montañas, para cazar un dragón. Su padre hincha el pecho y tres botones le saltan de la camisa. Su madre sonríe tanto que enseña los colmillos.


Bueno, no está mal del todo. Pero deberías dejar claro que es una tradición estúpida y vetusta, que sólo siguen los muchachos realmente necios y verdaderamente ricos. Que no se por qué ambas cualidades suelen ir juntas. 

Y las dos sabemos que Gallardo es el más rico y el más estúpido de todos. 


La partida de caza se organiza con prontitud. A Gallardo lo acompañarán el maestro cetrero, con sus mejores aves, para localizar a la bestia desde el aire, y dos rastreadores para hacer lo mismo desde tierra. El maestro armero, para mantener afiladas las espadas. Y una pequeña guardia de seis soldados, para brindarle protección. Gallardo está acostumbrado a tener ropa limpia y comida caliente, así que seremos tres las muchachas de la cocina en la expedición. Alyssa es hermosa, Omma es valiente y yo soy útil.


Adoro a Alyssa y a Omma. Y el maestro cetrero es encantador. Los soldados también, cuando no beben, que es lo mismo que decir nunca. Pero, según tengo entendido, esto va a ser un relato corto. Y me parece mucha gente para manejar. 

Por otra parte. Me barrunto que no vas a mencionar mi nombre en todo el relato. Y tengo uno, querida. Como tú.


Cada una de nosotras lleva un morral cruzado al pecho y un canasto a la espalda. Y dentro yesqueros, hilos y agujas, vendas y ungüentos, escamas de jabón, especias en tarros pequeños y  ollas y sartenes. A mi me confían, además, una tetera de cobre. Gallardo no está dispuesto a prescindir de su té de la mañana. 


Grandísimo patán, inútil y gandul. Él y todos los maestros y soldados que lo acompañan. Son perfectamente capaces de aplicarse solos las curas, pero les gusta tener oídos en los que quejarse. 


El primer día caminamos sin descanso desde el alba hasta el atardecer. Gallardo está impaciente por llegar a las montañas. Los hombres cazan unas cuantas liebres y, al llegar la noche, encendemos una fogata y las cocinamos. Se sirven con generosidad y comen con ganas; han recorrido una larga distancia. Por algún motivo, pese a haber recorrido la misma distancia que ellos, hemos debido caminar menos pasos y nuestras raciones son menores.

Cuando regresamos de lavar los cacharros en una charca cercana los hombres ya duermen al abrigo de la hoguera. Nosotras sacamos unas mantas de los morrales y nos acurrucamos donde nacen las sombras. 

Al amanecer Gallardo pide su té y, mientras Alyssa y Omma recogen nuestras mantas, preparo la infusión sobre los rescoldos del fuego.

—No vuelvas a tardar tanto —me dice cuando le entrego su taza.


¡Oh, las ganas de estamparle esa tetera en el cráneo! No sé por qué no me dejaste. Si lo sé, en realidad. Porque esta historia se hubiera acabado demasiado pronto. Pero podrías haberme dado el gusto un poco más adelante.


Los días que siguen transcurren de modo similar y aborrezco cada uno de ellos. Aborrezco el bosque, las noches heladas, las caminatas interminables. Aborrezco dormir con un ojo abierto, buscar la mano de Alyssa cuando los hombres susurran y ríen, envidiar la pericia de Omma con el cuchillo. Aborrezco el olor del té por la mañana y pasar la jornada recogiendo raíces, hongos y saltamontes para tener algo que añadir a las escasas raciones de comida. 


Te olvidas de las ampollas en los pies, de amanecer con las pestañas pegadas por la escarcha, de las noches en vela que vuelven torpes los pasos, de rogar por que una de esas brujas que dicen que habitan el el bosque decida entrar en el sendero y poner fina  esta expedición…

Ya te he dicho que necesitabas más páginas.

Pero fue en esos días cuando lo ví por primera vez ¿recuerdas? Una cosita flaca y viscosa, enroscada en torno a un rescoldo moribundo, tiritando. Lo guardé en mi tetera junto con los últimos carbones y cada noche lo alimentaba con dos o tres tizones que sisaba de la hoguera.


Cuando queda sólo una jornada para dejar atrás el bosque Omma desaparece. Se lleva su morral, su manta y su capazo. 

Gallardo no grita, no se enfurece, pero da una orden a sus rastreadores. Por el modo en el que evitan mirarnos a Alyssa y a mi cuando regresan sé que la han encontrado y que no la traen con ellos.


Lloré mucho. Debí haberlo visto venir en sus los silencios, en las miradas furtivas explorando, catalogando el paisaje y a los hombres. Lloré cuando se fue y lloré cuando no volvió.

Fue la última vez que lloré en toda la cacería.


Las montañas son áridas, frías y silenciosas. El maestro cetrero no tarda en localizar la entrada de una cueva de dragón. La tierra que la rodea está caliente y el aire huele a azufre. Gallardo está eufórico.

—Hoy cazaré un dragón —anuncia cuando le entrego su taza de té.

Al cuarto día sin cobrarse su presa, Gallardo se impacienta y decide tentarlo. 

—Todo el mundo sabe que son bestias sanguinarias —dice con autoridad. Y envía a sus hombres de vuelta al bosque. 

Liebres, zorros, venados… Los cadáveres de los animales se agolpan en el claro en una matanza que sigue día, tras día, tras día. Huele a sangre, a carne en descomposición, a muerte y a maldad.

Cada día que el dragón no aparece Gallardo se enfurece más. 

Uno de los soldados, quién sabe si el más valiente o el más estúpido, sugiere cambiar de estrategia. Gallardo asiente. Luego le rebana el cuello de un tajo y su cuerpo va a parar junto al resto de los animales. 


Y a partir de aquí te atascas, claro. Ya te lo decía yo. Te queda un maestro cetrero, dos rastreadores y cinco soldados que degollar y ninguno de ellos le va a prestar su cuello a Gallardo para que deslice el cuchillo. 

Y Alyssa, claro. Mi pobre y dulce Alyssa. Creyó que su belleza sería salvaguarda suficiente, pero le faltó malicia para saber utilizarla. 

Que esta historia necesita más páginas, pero, claro, no es cuestión de tenerlos aquí hasta que den las nueve, que son sufridos pero todo tiene un límite.

No es fácil ¿verdad?

Pero sé que tienes el final. Venga cuéntalo.


Cuando todo termina sólo quedamos Gallardo y yo. Él sin hombres, yo sin amigas. Y entre los dos el claro teñido. Gallardo se tambalea. No en vano el té que le he servido esta mañana era especial. Aún así, lo intenta. 

—Ayúdame —ordena arrastrando la lengua.

Me siento a una distancia prudente, con la tetera en mi regazo. Levanto la tapa y la criatura asoma la cabeza. De los ollares escapan volutas de humo. 

Gallardo abre la boca dispuesto a balbucear una nueva orden. No llega a hacerlo. Su rostro se ablanda por el asombro cuando reconoce a la cría de dragón y comprende, por fin, que todas las  criaturas grandes fueron alguna vez pequeñas.

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