Mala con marca registrada



Si algo me ha enseñado este último mes es que no se puede ser buena, que aunque una tenga el alma de un cerdito constructor de pajares, a veces toca colgar la capa roja y ser mala. 
Pero mala de verdad. 
Mala de carácter, de fibra y de nervio. 
Mala con todo el atrezo. 
Mala Disney.
El cutis perfecto, los ojos delineados de negro, los labios rojos y el pelo brillante y bien recogido, inasequible al cierzo.
¿Y qué decir del guardarropa? Vestidos entallados, de raso y terciopelo negro. Zapatos de tacón afilado para clavar los pasos en el asfalto. Capas largas de esas que ondean detrás de una como una sombra y no presagian nada bueno. 
Quizá demasiado llamativo para mi gusto, pero cuando hacen falta medidas firmes no valen remilgos.
No, lo que toca ahora es llevar la espalda recta y la barbilla alta, conservar el pulso tranquilo y las intenciones firmes. 
Además, luego llega lo divertido de verdad. Las manzanas envenenadas, los husos envenenados, los tratos envenenados. ¿Verdad que el patrón es sencillo? Sólo hace falta echarle un poco de imaginación a la forma de suministrar el veneno.
Quizá alguien esté tentado a pensar que esto es una metáfora, que las manzanas envenenadas serán, como mucho, magdalenas con gluten, y los tratos envenenados una negociación subida de tono. 
No. 
Podría dar motivos, por supuesto. Pero estamos hablado de ser una villana de categoría, de las  que condenan reinos y sostienen leyendas. No uno de ellos villanos que después de haber aguantado el tipo durante toda la trama se desmerecen justo antes del final dando explicaciones: que si un ultraje que no podían perdonar, que si la futilidad de la existencia les agobiaba, que si en realidad nadie los quiso. 
Melindres y memeces. 
Motivos hay, de sobra. Y habrá cadáveres, quizá. Pero las explicaciones, si llegan, llegarán después del final y no seré yo quien las busque ni quién las dé. 
De momento, estoy fabulosa. 
Puesta a sacar las uñas, bien pueden ir pintadas de rojo. 

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