Titalola


Tita Lola decía que lo más importante en esta vida era tener una estrategia y un método. Lo decía con la espalda estirada, la barbilla alta y vocalizando, porque las grandes verdades de esta vida hay que decirlas sin gritar y sin dudar. Y es que ella era menuda, pero sólida. Por eso los taxistas se paraban en cuanto levantaba una mano, el frutero siempre le regalaba una caja de fruta tocada, para sus mermeladas, y el portero la llamaba Señora Dolores. 
Para mi siempre fue Tita Lola. Yo lo decía todo de corrido «titalola» y no fue hasta mucho después de que se nos fuera que me di cuenta de que, aunque fuera siempre junto, «Tita» se escribía separado de «Lola» y de que, realidad, no era Tita nuestra. 
Era uno de esos casos en los que los saludos rápidos en el rellano dan paso a conversaciones un poco más largas. Que si el pescadero del primer puesto del mercado es el más barato, que si dos calles más allá hay un zapatero de confianza, que si prueba estos merengues, oye, que hasta una monjita saldría de su clausura por ellos, que si no seas tonta, que no me cuesta nada cogerte el dobladillo. 
Ni mi madre, ni Tita Lola sabrían decir en qué momento decidieron dejar las puertas de sus casas abiertas y convertir el rellano en la cuarta habitación de las dos casas. Hay decisiones que no se toman. Simplemente suceden. 
Hay otras decisiones, sin embargo, que sí se toman. A veces con la cabeza fría. Otras después de recibir una carta de desahucio del edificio, mirando las grietas que recorren las paredes como un encaje funesto, y pasando el nudo que se forma en la garganta con copitas de mistela. Porque, como decía la Tita Lola: «La pena que se queda en la garganta da ganas de llorar; la que baja hasta el estomago, da rabia. Y la rabia es buena».
Así que, mientras mamá lloraba con la pena atravesada en la garganta, la Tita Lola, con la rabia bien asentada en el estomago, decidió que iba a tentar a la suerte. Y se aplicó a ello con estrategia y con método.
Adoptó a un gato negro, malencarado, sigiloso, que se declaró dueño y señor de la cuarta habitación de las dos casas y arañaba a cualquiera que se asomara a sus dominios. Llenó su comedor de paraguas abiertos, los suyos y los nuestros y nos hizo llevar a todos elefantes de madera en el bolsillo. Rompió los espejos de los cuartos de baño y luego se echó sal por encima del hombro. 
Parecía empeñada en llamar a gritos a la suerte, a la mala y a la buena, una cada vez. Le brillaban los ojos jugando a esa ruleta rusa de supersticiones, confiando en que fuera la buena suerte la que la escuchara y acudiera en nuestra ayuda antes de la fecha que decía aquella carta. Mamá decía que había que dejarla hacer, que empezaba a ser mayor y que cuando uno se va haciendo mayor a veces se le deshilachan las ideas y hace cosas raras. 
Una tarde, Tita Lola salió a dar uno de sus paseos. Expediciones, las llamaba ella, porque más que pasear iba a la caza de escaleras por debajo de las que pasar y de tréboles de cuatro hojas que recogía de los alcorques. Regresó feliz, con un billete de lotería bien guardado en la cartera y se dejó caer en el sofá de nuestro comedor. 
—Ya está —nos dijo satisfecha—. Creo que ya he tentado a la suerte todo lo que he podido. Ahora si quiere ya nos puede tocar. 
Cuando nos mudamos al edificio nuevo, con su rellano amplio y luminoso entre las dos puertas abiertas, mamá lo llamó Providencia; Tita Lola lo llamó Estrategia y Método. 

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