El artista (parte 3 de 4)
Vaya por delante que a mi, lo que me gusta, es el engaño.
No la estafa ni el timo. No encuentro placer en privar a otro de sus posesiones y la mentira, si he de ser sincero, me deja mal sabor de boca.
No, a mi lo que me gusta es la picardía, la argucia. El sutil arte de forzar la realidad para convencer a otro.
Que los juegos de dados y las partidas de cartas fueran mis primeros escenarios fue, no tanto buscado, sino inevitable. En cuanto aprendí a dominarlos los dejé atrás. Había algo desolador en ver a un hombre llegar con las manos llenas de dinero y en marcharse minutos después con esas mismas manos llenas de vergüenza.
El siguiente paso natural fue el teatro, por supuesto. Ahí comprendí la utilidad del disfraz, la conveniencia de un buen escenario, los matices diabólicos del timbre de la voz. La primera vez que vi actuar a un mago, lloré. Frente a mi, comulgaban los juegos de manos, el humo y los espejos y aprendi, que lo más importante en el arte del engaño, es que tu oponente esté dispuesto a dejarse engañar.
Lamentablemente, no tengo la presencia necesaria para llenar un escenario. Cuento con cierta labia y facilidad para el disfraz, pero tengo pinta de contable falto de sueño. Decidí que, ya que debía permanecer oculto, lo mismo me daba estar entre bambalinas que detrás de una cámara.
Porque ¿acaso hay arte más hermoso que la fotografía? Las posibilidades para el engaño son infinitas para cualquiera que se de algo de maña con el líquido de revelados y las exposiciones. Y yo, tengo mucha maña. Puedo hacer aparecer en una fotografía casi cualquier cosa y puedo hacer que parezca real.
Autodidacta como he sido siempre, estudié todo lo que pude sobre encuadres, ángulos y perspectivas. Me declaré devoto de Giovanni Battista Piranesi, reverencié a Giuseppe Arcimboldo y me uní a la cofradía del trampantojo.
Faltaría a la verdad si no reconociera que estas habilidades me estaban llevando por un terreno lucrativo y pedregoso. Es fácil imaginar dónde hubiera terminado de no haber depositado el destino en mi puerta a una niña con una nota prendida en el abrigo con un alfiler.
«Tuya es»
Eso era todo lo que decía y todo lo que necesitaba saber. Era mía, sin duda. Lo supe por esa mirada que se empeñaba en perseguir a la mano que hacía el truco en lugar de concentrarse en la que agitaba frente a su nariz.
Me gustó la idea de enderezar mi camino. No del todo; a fin de cuentas uno es lo que es. Pero sí en parte.
Decidí aprovechar mi aspecto de oficinista trasnochado y abrir una agencia de viajes. Encuentro placer en vender aventuras. Más exactamente, encuentro placer en vender aventuras a quien no pretende comprarlas.
Es sencillo, la verdad. Pero el método exige una cierta delicadeza. Pongamos, por ejemplo, el escaparate que tengo expuesto ahora mismo. Un paisaje de dunas, las pirámides de Giza, un par de camellos y un cielo azul como no se ha visto nunca en este país. Eso es lo que transeúnte cree que ve.
Lo que realmente ve, es otra cosa. Porque camuflado en esas dunas se recuestan un harén de cuerpos desnudos dibujados aprovechando las curvaturas del papel, de tal forma que sólo, cuando la luz incide de determinada forma, cree el ojo percibirlos.
Detrás del escaparate, en un falso fondo, cuelga un paisaje de nalgas, medias y zapatos de tacón, que gracias a un juego de reflejos, rebotan en el escaparate de la tintorería vecina con la última luz de la tarde.
Si algún cliente más perspicaz intuye el engaño, la certeza le dura poco. La moral acartonada que todavía impera en este país mantiene ocultas a la conciencia las imágenes más sugerentes y deja tan solo el inocente anuncio de unas vacaciones en algún lugar cálido y soleado.
Si he de ser sincero nunca sé, realmente, qué están viendo mis clientes. Esta mujer, por ejemplo, parece que no mira el paisaje de dunas, sino su sombrero, y no me extraña porque nunca había visto nada parecido. A su lado, un hombre parece mirar más allá del paisaje egipcio, pero ninguno se había quedado tan bizco ni boquiabierto ante mis engaños.
La mujer entra, decidida, empujando un carrito. El hombre se queda fuera mordisqueando con aire desgraciado una galleta.
Yo me abrocho los botones de la chaqueta, dispuesto a hacer mi venta del día.
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