El cabrero (parte 4 de 4)
Patricio abrió el armario de las corbatas y suspiró desamparado.
Si hace dos semanas se extendía ante él un mar de rosas pastel y lazadas tan grandes que le rozaban la barbilla, ahora se veía obligado a elegir entre cetros, jeroglíficos y dromedarios bordados, eso sí, sobre un sobrio negro.
—¿Querida? Mis corbatas… —comenzó con tacto.
—Son maravillosas ¿no te lo parece? Y no es todavía la última moda. Pero lo será pronto, te lo aseguro.
Sin decir nada, Patricio cogió una corbata con un gato de porte altivo bordado con primor y salió del cuarto.
Debería haberlo intuido en cuanto vio la primera revista de viajes en la mesa del desayuno. Y debería haberle puesto remedio cuando encontró ese panfleto sobre los prodigios de los médicos de los faraones bajo la almohada.
Salió del cuarto anudándose la corbata y entró directamente en el dormitorio de invitados, donde sabía que iba encontrar el montón de los descartes. Entre las prendas que no había sobrevivido a la búsqueda incansable de su esposa por dar con la última moda rescato una pajarita de un rosa apagado y la guardó en el bolsillo con la idea de cambiarse en el tranvía. No era mejor que la del gato, pero por lo menos en el Ayuntamiento ya estaban acostumbrados a verlo con ella. No creía que pudiera soportar ver a los ordenanzas arqueando las cejas hasta rozar la gorra del uniforme, ni a su secretaria conteniendo la risa hasta que las orejas se le ponían de color púrpura.
En el vestíbulo se despidió de los mellizos. Había que reconocer Anita era eficiente pues había conseguido vestirlos con dignidad, pese a la profusión de volantes y puntillas que les daban un aire de croissant hojaldrado.
—Despediros de vuestro padre, cariños —dijo la niñera mientras se colocaba con habilidad un sombrero coronado por un lazo rosa francamente atroz.
Patricio les besó en la cabeza y arrugó la nariz.
—¿No les estará dando galletas de menta? Sabe que detesto la menta.
—Yo tenía un tío que detestaba la menta; sin embargo, le chiflaba el anís. Lo queríamos igual, ¿sabe? —le respondió y maniobrando el carrito con agilidad, salió a la calle.
Patricio estuvo a punto de llamarla de vuelta. No tenía muy claro que le hubiera respondido a la pregunta. Ahora que lo pensaba, no recordaba que nunca le hubiera respondido a lo que le preguntaba. Claro que últimamente le costaba ordenar sus ideas. Incluso hubiera jurado que el otro día había escuchado a sus hijos llamarse Consomé y Jerez en el cuarto de juegos mientras se tiraban a la cabeza animalitos de madera con una puntería sorprendente.
La culpa la tenía Ramos. Había sido presentarse en al oficina, con ese aire de licenciado recién destetado y a él le había dado por pensar en cabras. No sabía si era por los dientes salidos, la mirada vacía o por esa manera que tenía de rumiar las frases antes de decirlas. Era verlo entrar por la puerta y se le llenaba la cabeza de rebaños de cabras y laderas verdes. Algo sorprendente porque lo único que sabía del campo era que enterrado en su árbol genealógico había un tataratío hortelano en el que procuraba no pensar mucho porque le deslucía el pedigrí.
Aquella mañana tenía una gestión que hacer antes de ir a la oficina. Ramos le había informado de que habían llegado una serie de informes extraños. Nada preocupante. Tan sólo una serie de aglomeraciones frente a una agencia de viajes. Pero en su departamento no les gustaban las anomalías. Como responsables del tráfico del distrito norte, se complacían en controlar los flujos de viajeros y viandantes.
«Como rebaños bien disciplinados» pensó. Y sacudió la cabeza para sacarse la idea.
La agencia no caía lejos. La estuvo observando acodado en la tintorería que había enfrente. El escaparate era bonito: dunas y pirámides, un par de beduinos y un rebaño de camellos. Se preguntó si se podría hacer queso de leche de camello igual que se hacía queso de leche de cabra y luego se preguntó de dónde habría salido aquella idea. Procuró concentrarse en el escaparate. La gente se detenía, pasaba de largo y volvía sobre sus pasos. Muchos sonreían y seguían su camino con el paso más ligero. Algunos se desabrochaban el abrigo y se aflojaban las bufandas, como si fueran presos de sofocos. Un grupo de chiquillos se plantó frente al escaparate diez largos minutos, mirando embobados las palmeras y el cielo azul, hasta que el dueño salió a espantarlos con una escoba.
Los muchachos echaron a correr, con el paso ágil, como cabras montesas.
Patricio parpadeó sorprendido.
A su lado detuvo un hombre con aire triste, abrigo negro y sombrero gris.
—Discúlpeme —dijo el desconocido. Y, para su sorpresa, lo cogió de la barbilla y le orientó la cabeza hacia la luz. Lo contemplo un instante y asintió complacido—. Es agradable ¿sabe? saber que uno no ha perdido su toque. Hay mujeres capaces de hacerlo dudar a uno de su propia sombra. Que tenga un buen día.
Patricio le devolvió el saludo, quitándose el sombrero. Al ponérselo pensó que le apretaba un poco. Quizá una boina fuera más cómoda. Puede que le diera aire de montañés, pero merecía la pena probar. Los montañeses eran gente apacible. No podían ser de otra manera. No se sobresaltaban al abrir su propio armario, no tenían niñeras que los hicieran sentir estúpidos, ni subalternos a los que desearan colgar un cencerro. Solo hacían queso. No podía ser muy complicado hacer queso, pensó. Y lo siguió pensando durante el resto de la mañana pues ya no hizo nada por sacarse aquella idea de la cabeza.
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