El botánico (parte 2 de 4)




No soy ángel, ni musa, ni duende. 
Nunca pretendí inspirar a nadie. Ni se me pasó por la cabeza susurrar en un oído ninguna historia.
Yo soy un científico. Un botánico. 
Lo mío es plantar ideas. Anhelos, para ser más concretos. 
Tomemos, por ejemplo a esa mujer. La que empuja un cochecito con dos niños y lleva esa aberración sobre la cabeza. 
Pongamos que me acerco sutilmente y me coloco a su lado, le dirijo una o dos palabras corteses y, cuando no se da cuenta, planto un anhelo en su mente. Nada demasiado llamativo ni aparatoso. Tan solo una pequeña idea en un rinconcito, entre dos o tres recuerdos. Ni buena ni mala, sólo una idea que estirará unos zarcillos blancos, casi transparentes y enraizará..
Una mañana, no muy tarde, lo encontrará y se sorprenderá. Puede que lo haga girar unas cuantas veces, se pregunte cómo ha llegado allí y que luego lo deje en el mismo sitio y lo olvide. En ese caso, se marchitará como hacen todos los deseos no atendidos. 
Pero puede que lo tome y lo mire y decide dejarlo, por un tiempo, y volver otro día a él. 
¡Ah, entonces la cosa cambia!
¡Cómo crecerá entonces bien abonado por la atención! Hasta conquistar toda su mente, hasta presidir todas sus horas de vigilia y colonizar sus sueños. Extenderá sus raíces, estirará sus ramas y se convertirá en algo grandioso. 
No necesariamente hermoso, eso quiero dejarlo claro. Yo sólo soy responsable de plantar la idea.  Cuando alguien dice aquello de «Yo no quería. Alguien puso esa idea en mi cabeza» está faltando a la verdad. Yo sólo planto ideas; no dicto qué hace cada uno con ellas. Lo que a mi me gusta es verlas crecer, florecer, multiplicarse. 
Pero por qué explicarlo cuando puedo mostrarlo. 
Acerquemonos a esa misma mujer. Cualquier persona capaz de llevar un tocado semejante debe tener una cabeza cavernosa, con mucho sitio disponible. Está distraída contemplando su reflejo en una agencia de viajes. Aparta la mirada cuando uno de los niños le propina un mordisco al otro. Les tiende un par de galletas de menta con aire distraído y luego regresa al escaparate, la paz en el carrito ya restablecida. El lazo, de un rosa imperdonable, destaca como un bofetón contra un paisaje de dunas y camellos. 
—Un paisaje impresionante —digo y me toco el sombrero. 
Sin mirarme, la mujer me alarga una galleta de menta. 
—Quizá demasiado caluroso para mi gusto —lo intento otra vez.
—Ye le he dado una galleta —responde sin mirarme—. No moleste.
En el carrito, un niño y una niña me miran con desdén, dando cuenta de sus propias galletas.
Mentiría si dijera que no me duele un poco el orgullo. A fin de cuentas he sido cortés. Me recompongo pronto y decido que plantaré dos anhelos; con suerte serán opuestos.
Hago crujir los dedos de la mano derecha y los acerco a su cabeza. El lazo me estorba. No me había dado cuenta, pero va de oreja a oreja y cubre la cabeza desde la frente hasta casi la coronilla. Además, estoy sosteniendo dos ideas, una entre los dedos índice y corazón y otra entre los dedos anular y meñique y eso me deja poco espacio para maniobrar. Retiro como puedo los recuerdos más inmediatos. Tengo calambres en los dedos cuando finalmente consigo entrar. 
Y se me caen los anhelos al suelo sin que lo pueda evitar.
En una cosa estaba en lo cierto, el espacio es cavernoso. Pero ya está lleno de ideas propias. Anhelos espinosos, robustos y coloridos. Un entramado de deseos bien enraizados y ramas tupidas de determinación. Parece imposible que quede espacio para que crezca nada más, pero puedo ver chitos abriéndose camino por toda la bóveda. Es hermoso. Y excesivo. Y extravagante.
La mujer se me escapa entre los dedos. Entra en la agencia de viajes empujando el carrito con decisión. 
Y me quedo fuera. Una triste figura con sombrero de fieltro negro, abrigo y corbata, sosteniendo una galleta de menta. Le doy un mordisco. Nunca me ha gustado la menta. 

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