Decir mentiras, contar secretos
—¿Puedes ver algo con esto? —me pregunta Fernando.
«Esto» son mis gafas. Se las ha puesto y, aunque no lo veo bien, sé que hace guiños y muecas, como si mirar a través de los cristales le hiciera daño.
Si fuera valiente le respondería que sí, que con ellas puedo ver. Y que sin ellas también; la única diferencia es que cuando las llevo puestas veo todo y cuando no las llevo veo bultos borrosos. Pero como no soy valiente me callo.
La culpa de estar aquí, arrinconada en el espigón es mía. Me aburría en la cocina del restaurante y me vine al final de muelle, donde rompen las olas. Pensé que Fernando y Esteban estarían cenando con sus padres un rato más. Me sorprendieron por detrás y ahora estoy acorralada, de espaldas al mar.
Fernando le pasa las gafas a Esteban, que se las prueba y gesticula tanto que se tira al suelo.
—Está ciega del todo —dice Esteban.
—¿No sabes hablar? —me pregunta Fernando vocalizando mucho —Te he preguntado si ves algo con esto.
Se que lo que quiere no es una respuesta; quiere una excusa. Aún así, respondo.
—Si que veo —digo, con un hilo de voz.
—«Si que veo» —me imita él.
Tirado en el suelo, todavía con mis gafas puestas, Esteban se retuerce de la risa.
—Quítatelas o te quedarás ciego —le dice Fernando y estudia las gafas a la luz de la única farola—. Yo creo que en realidad te las han puesto para que te tapen la cara. ¿No te parece?
Y aunque se que no quiere una respuesta, le contesto.
—Me las han puesto porque no veo bien fuera del agua.
Fernando es cruel, pero no tonto. Levanta la cabeza.
—¿Fuera del agua? ¿Qué quiere decir fuera del agua?
Trago saliva. Yo solita me he metido en esto.
—Dentro del agua veo bien —digo. Y luego, imparable, añado—. Por eso te gano cuando pescamos monedas en clase de natación.
—¡Me ganas porque he estado enfriado y no puedo respirar bien! ¿O es que tienes ojos de pez?
—¡De pez no, de sirena! —le grito. Esteban se ríe de mi tirado en el suelo— ¡Mi madre es una sirena! Por eso me pusieron Mar.
—¡Eres tonta Marimar! —me grita Fernando.
Tirado en suelo, Esteban canturrea
—«Mar y Mar, océano» —Se lo inventó cuando teníamos cuatro años y todavía le hace gracia. A mi hace que se me calienten las orejas.
—¡Es una sirena! —insisto— ¡Se enredó en las redes de mi padre y se enfadó tanto con él que cuando la subió al bote le rompió el fondo a coletazos y lo hundió, pero le dio pena y lo rescató y se enamoró de él y le borró la memoria!
—¡Mentirosa!
—¡Y por eso nado mejor que tú! ¡Y cuando me meto en el mar puedo oír a las sirenas y si se lo pido se te llevarán!
—¡Eres una tonta y una mentirosa! ¡Mira! —me tira las gafas a los pies y yo las recojo como si me ahogara sin ellas.
Salta por encima de las piedras del espigón hasta el agua y mete los pies dentro. Esteban lo imita corriendo. Me han dejado los cristales de las gafas llenos de huellas de dedos así que sólo son dos manchas al borde del mar
—¡Llama ahora a tus primas sirenas, boba! —me grita Fernando.
Y cuando llega la siguiente ola y los arrastra ya sólo grita, sin decir nada.
Los adultos llegan corriendo, sus padres y los míos, y aunque se meten en el agua hasta la cintura, es mi madre la que finalmente consigue sacarlos del agua, empapados y temblorosos. Sus padres se los llevan corriendo al restaurante, para secarlos con toallas y darles tazones de sopa.
—¿María del Mar? ¿Qué hemos hablado? —me pregunta mamá. Y como se que es una pregunta que no quiere una respuesta no digo nada, agacho la cabeza y enfilo hacia el restaurante. Sé lo que va a pasar después.
Papá me castigará una semana por decir mentiras. Mamá me castigará dos por contar secretos.
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