Juego de canicas


Está debajo de la cama de mi hermana. Es pequeña y redonda, exactamente igual que una canica, y tiene un bonito color de algodón de azúcar. Cuando la recojo, está tibia. 
Aunque nunca había visto una, sé lo que es. 
Es una mentira. 
—¿Qué has hecho? —le pregunto a Alegría. 
Mi hermana no me gusta. Es honesta, diligente y pulcra. Y que yo recuerde, el Pastor nunca la ha pillado en una mentira, al contrario que a mí, que me abochorna todos los domingos durante las confesiones. 
La voz de padre nos reclama desde el comedor.
—Saludad, niñas —dice—. El Pastor ha tenido a bien hacernos una visita. 
Bajamos. Ella, con la cara del tono de las paredes encaladas, y yo, con su mentira bien guardada en el bolsillo de mi delantal. 
Sentado en la butaca de padre, aguarda el Pastor. 
Alegría vacila. La cojo de la mano de la mano y juntas, como las buenas amigas que nunca hemos sido, nos sentamos en el sillón. 
Madre siempre dice que somos afortunados de tenerlo y que si a veces bizquea un poco es porque puede ver las mentiras que contamos y que no todas las congregaciones tienen la suerte de contar con uno que ha sido tocado con esa gracia.
—¿Alguna trastada nueva Avenida? —me pregunta el Pastor.
Pienso en el tintero de Morgana y en cómo lo llené de papel secante. La mentira toma forma entre mis dedos, redonda y fría, igual que una canica. 
—No —respondo. 
Por primera vez la atrapo antes de que caiga. El Pastor asiente satisfecho y se dirige a mi hermana.
—¿Y a ti, querida? ¿Hay algo que te preocupe? 
—No, Pastor —dice con la mirada baja. 
Su mentira cae al suelo y el Pastor la sigue con la mirada a medida que rueda hasta el centro del cuarto y se queda allí, lanzando destellos amarillos.
—Lo que te preocupa me lo puedes contar. Llevo la carga de guiaros con gozo. Dime, ¿es por algún muchacho?
La mano de Alegría está helada. 
—Por supuesto que no, Pastor —responde. 
Y un nueva mentira cae entre los dobleces de su vestido y rebota en el suelo de madera. 
El Pastor la contempla satisfecho. Se inclina hacia nosotras, tanto que se queda sentado en la esquina del sofá y, si quisiera, podría contarle las arrugas de los ojos. 
—Si tu y alguno de nuestros muchachos habéis cometido alguna falta, la podremos remediar. 
—No ha sucedido nada, Pastor —responde Alegría con un hilo de voz. 
En cuanto lo dice las mentiras que había dicho estas semanas caen. Del forro de sus bolsillos, de las dobleces del delantal, de entre sus rizos. Repiquetean y chocan unas con otras y el suelo se llena de colores pastel.
—La confesión de alivia el alma cuando está atormentada —dice el Pastor. 
Y, entre hipidos, Alegría cuenta cómo conoció a un muchacho en el pueblo, y habla de la música que escucharon juntos, y de la única noche que se escapó para ver una película. 
El Pastor se pone en pie, muy serio. 
—¿Eso es todo?
—Si, Pastor —dice Alegría, casi sin voz.
La mentira que yo había encontrado en su cuarto, la del color del algodón de azúcar, las más bonita de todas, rompe el forro de mi bolsillo y rueda hasta los pies del Pastor que la observa unos segundos. Luego, adelanta un pie y la aplasta y yo siento deseos de arañarle.
—Niña, niña. Yo lo arreglaré todo. 
Y así lo hace. La tetera no ha terminado de hervir cuando ya han decidido que el Pastor se desposará con Alegría. 
—El niño que está por venir nacerá bajo mi techo —sonríe benevolente. 
Padre le ofrece vino de nuez y Madre un trozo de bizcocho.
—No querría abusar de su hospitalidad. Un vasito pequeño será suficiente. No soy hombre dado a los excesos —dice. Y una mentira, del color del cielo de tormenta, se le escapa del bolsillo del chaleco y rebota entre todas las mentiras de Alegría y va a parar a nuestros pies.
Bizquea cuando la sigue con la mirada y yo, segura de que me ve adelanto un pie y la piso y ahora es su rostro el que se vuelve del color de la pared encalada. 

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