El don del capitán Lee Ming


Cuando alguien le dice al Capitán Lee Ming que La Nodriza es vieja es que quiere conseguir algo. La Nodriza es más que vieja. En un museo, sería una reliquia de los primeros tiempos del comercio estelar. Allá afuera, navegando, la Nodriza es un trasto que se mantiene de una pieza porque Viktor es capaz de mantener unido el motor con una mezcla de hilo dental y soldadura, y que llega a puerto y consigue aterrizar gracias a la pericia de Carmina. 

Por supuesto, ni los remaches, ni las sujeciones con cinta aislante, ni el petardeo que acompaña nuestros despegues, han conseguido convencer al Capitán de que ni siquiera en las plantas de desguace querrían a La Nodriza. Tampoco lo han conseguido los insultos de Viktor cada vez que salta la alarma de emergencia alertando de una crisis en los sistemas de oxigenación ni el silencio reconcentrado de Carmina cuando el panel de navegación hace un fundido a negro. 
No hace mucho unos alerones se soltaron de manera vergonzosa cuando nos vimos arrastrados por el rebufo de una nave de crucero. Carmina consiguió recuperar el control de La Nodriza, pero los alerones flotaron con una elegancia insultante hasta golpear el puente de recreo de la nave. 
La factura fue astronómica. 
Así que el Capitán hizo lo que más le gusta hacer: tuvo una idea. 
Normalmente no llevamos pasajeros. La carga inerte ya da suficientes problemas; sobre todo porque nosotros prestamos un servicio especial de carga que no se declara en ninguna aduana, ni se entrega en ninguno de los puertos que aparecen en los mapas. A los pasajeros, además, hay que alimentarlos y deben llegar a destino de una pieza. 
Por eso, la mañana que el capitán nos anunció que íbamos a transportar uno hasta el cuadrante norte, resoplé. Cuando se abrió la escotilla y apareció el pasajero, con su túnica multicolor, solté tal retahíla de insultos que a Viktor se le humedecieron los ojos, como un maestro orgulloso de su alumna. 
—¿Un pastor peregrino? —pregunté incrédula.
Los pastores peregrinos son los seres más irritantes del universo. Convencidos, como están, de que la salvación eterna se alcanza convirtiendo almas a la religión, recorren todos los mundos colonizados predicando la fe. La fe qué sea, en eso no son quisquillosos. Ellos deben convertir almas; cuál sea la religión les trae sin cuidado, lo que los convierte en unos seres altamente adaptables y extremadamente pesados. Rezan, predican y salmodian de forma incansable, saltando de una a otra deidad, pulsando las creencias del incauto que les escuche hasta que dan con una que les garantice un alma más.
Por eso la mayoría de las naves se niegan a llevarlos. Incluso se cuenta de alguna que tras admitirlos, los ha arrojado al vacío con o sin cápsula de supervivencia. 
Lee Ming sonrió satisfecho.
—¿No es maravilloso? Con lo que nos va a pagar tendremos suficiente para cubrir las deudas y para otra carga de combustible.
—No llegará a destino —protesté—. Viktor le arreará con un destornillador o Carmina lo lanzará por la escotilla. Eso si no nos convierte a todos a alguna religión y terminamos predicando por alguna roca perdida del sector norte. 
—Tonterías. Es un hombre de fé. De fés —se corrigió el capitán al ver mi mirada—. Me ha prometido que se comportará durante el viaje. Todo irá bien, hazme caso. Tengo un don para juzgar a la gente. 
Durante los primeros días, estuve a punto de darle la razón. El pastor peregrino se limitó quedarse en su camarote, intercalando rezos y salmodias según las creencias de los planetas que íbamos dejando atrás. Al cuarto día, el pastor abandonó su camarote y se dedicó a observarnos. Era como una polilla multicolor, inmóvil durante horas en la pared, hasta que decidía moverse. Se cruzaba en nuestro camino, se interesaba por lo que estábamos haciendo, mencionaba una o dos deidades. Era rápido y extremadamente educado. Al quinto día pilló a Carmina con la guardia baja y a ella, que no nos dirige más de cuatro palabras al mes consiguió arrancarle un “amén” y un “salve” de tirón. Viktor se desesperaba al encontrar rosarios, cintas de colores de oración y relicarios entre sus herramientas. Yo me acostumbré a pasear con tapones para las orejas. 
—Hablaré con él. Ya veréis como atiende a razones. En el fondo, es un buen hombre y yo tengo buen ojo para juzgar a la gente. Ayer mismo estuve tomándome unas copas con él y fue amabilísimo. Creedme si os digo que sólo me hizo preguntas sobre la nodriza; mi alma le traía sin cuidado. Y ahora quítate esa arruga del entrecejo y ve a revisar la puerta de su camarote. Me dijo que la apertura automática le estaba dando problemas. 
¿Qué puedo decir? Caímos todos, uno detrás de otro. Como polillas a luz fuimos entrando en el camarote para no salir. Primero yo, que tras examinar el cierre de cierre de la puerta por fuera y por dentro, llegué a la conclusión de que el problema estaba en un pedazo de marfil sagrado del sector este sabiamente colocado para bloquear la apertura desde dentro. Luego entró Viktor, bien provisto de insultos pero sin traer consigo ninguna de sus herramientas. A continuación entró Carmina que se negó a dedicarnos una palabra tras habérsele escapado un “sea” delante del pastor. El capitán entró a grandes zancadas, gritando que había tenido que dejar al pastor peregrino al mando de la nave porque ninguno de nosotros estaba haciendo lo que se suponía que tenía que hacer.
Encerrados en el diminuto camarote, sentimos cómo La Nodriza viraba y se alejaba del cuadrante norte. 
—Secuestrados —sentenció Carmina. Y, con el cupo agotado de palabras, se tumbó en la cama del pastor, cruzó los brazos detrás de la cabeza y cerró los ojos. 
Viktor comenzó su propia letanía, hecha solo con insultos y maldiciones. Una de las mejores que le he oído. 
—No lo entiendo. De verdad que no —dijo el capitán—. Si yo tengo un don para juzgar a la gente. 


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