Plegaria al diablo
La madre de Celia se quejaba a menudo de todo lo que la guerra se había llevado. Su hermana también; pero claro, su hermana tenía dieciocho años y desde que todo empezó le gustaba opinar lo mismo que su madre.
Celia tenía catorce años, así que nadie le preguntaba nada. Pero si alguien lo hubiera hecho, habría respondido que la guerra se había llevado nada. Sólo había cambiado unas cosas por otras. Las listas de la compra, por cartillas de racionamiento; la ropa nueva, por muchos remiendos, y las noches escuchando la radio a la luz de las lámparas, por noches escuchando la radio a oscuras.
El día que su hermano anunció que se había alistado, el vacío de su cuarto se llenó con las cartas que les enviaba desde el frente. Y el día que dejaron de llegar sus cartas comenzaron a llegar las de sus compañeros de tropa.
Otras cosas se resistían, tozudas, a cambiar.
El campanario seguía llamando a misa a la hora de siempre, la carretera hasta la mansión seguía embarrándose en otoño y su bicicleta seguía necesitando frenos nuevos.
Incluso el trabajo en la mansión era el mismo: barrer, fregar, pulir la plata, preparar la mesa para las comidas con la misma porcelana de siempre, llenar los jarrones de flores del invernadero, y doblar con pulcritud la ropa recién planchada.
Sagrario, que llevaba ejerciendo de ama de llaves más años de los que se pueden contar con las manos, procuraba que todo se hiciera a la perfección. Porque como decía siempre «el diablo está en los detalles».
Cuando los señores de la casa la cedieron al ejército ocurrió como había sucedido desde el primer bombardeo. Una cosa sustituyó a otra. En lugar de vestidos de fiesta, ahora había reuniones con planos grandes como sábanas; en lugar de música, radiotransmisores. Y ahora eran botas de hombre las que taconeaban con autoridad por los pasillos en lugar de los zapatos brillantes de la señora.
Aquella mañana Celia llegó al trabajo más tarde de lo habitual. El tañido de la campana la había despertado con un tono más sombrío; el cartero no había dejado ninguna carta así que lo había perseguido calle abajo y había vuelto con una carta que no se sabía cómo, se había quedado arrugada al fondo de la saca. Su bicicleta había chirriado tanto que le dolían los oídos y el camino estaba más embarrado de lo habitual.
Además, llevaba una piedra en el zapato derecho.
Dejó la bicicleta apoyada en la pared de la huerta. Apenas se había agachado para deshacerse la lazada del zapato cuando Sagrario salió a buscarla. Llevaba un rizo fuera del moño.
—El mando mayor está aquí. Baja de las nubes y procura trabajar sin estorbar. Esa gente tiene que tomar decisiones importantes —dijo. Y la mandó a por coles.
De vuelta a la casa y sin tiempo para quitarse la piedra del zapato, tuvo que recorrer la casa para retirar la ceniza y encender las chimeneas, porque la humedad del otoño empezaba a calar en las paredes. Se dedicó después a limpiar cristales y espejos, lo que la hizo preguntarse cuantas veces al día necesita una persona ver su reflejo. Recorrió la casa de arriba a abajo para vaciar los jarrones y luego de abajo a arriba para poner las últimas flores del jardín. Y todo lo hizo con aquella piedra en el zapato, porque cada vez que pensaba en descalzarse, sacársela y lanzarla lejos, escuchaba el sonido de unas botas acercándose. O el taconeo rápido de Sagrario, que venía a comprobar que no hubiera una mota de hollín en el suelo, ni una huella en un espejo, ni una flor marchita.
A mediodía Celia estaba rendida. Le dolían los brazos, tenía hambre y seguía con aquella piedra en el zapato.
—El diablo está en los detalles —le decía Sagrario mientras medía la distancia entre los cubiertos en la bandeja con el tentempié que había pedido el Alto Mando, comprobaba que los bordes del platillo de mermelada estuvieran limpios y recolocaba un par de sándwiches—. Ahora lleva esto y déjalo sin molestar.
Celia se llevó la bandeja cojeando por culpa desayuno la piedra. Quizá, pensó, la guerra sí que hubiera traído cosas nuevas. Como el deseo de tirar su bicicleta al río para no tener que oírla chirriar otra vez. O esas ganas de llorar cada vez que sonaba la campana de la torre. O aquel cansancio infinito.
Antes de entrar en el cuarto de mando no aguantó más. Dejó la bandeja sobre una mesa, se descalzó y se quitó la piedra del zapato. Le sorprendió que le hubiera molestado tanto siendo como era tan pequeña. Se acercó a una ventana para verla bien. Era minúscula. Y ni siquiera tenía los bordes afilados. Pero seguro que sería suficiente para hacer saltar un empaste. O para romper un diente. Y era casi seguro que un diente roto provocaría dolor, por poco que fuera. Y uno no pensaba igual cuando algo le dolía, por poco de doliera.
Así que, mientras metía la piedrecita dentro de uno de los sándwiches elevó una plegaria para pedir un final que pusiera fin a las cartas desde el frente, a los campanarios fúnebres y que trajera consigo el descanso.
No pidió una victoria, ni un milagro.
Pidió sencillamente un final. Los detalles se los dejaba al diablo.
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