Los lectores


Ha sido de esas semanas en las que todos los días parecen lunes; una más en esa cadena interminable de semanas malas que te pesan de tal manera que piensas si no serás un galeote de tu propia existencia.
Estás cansado; eso es no te lo discuto. E irritado; eso es comprensible. 
Piensas en que tu situación actual, que ya no es una situación sino un estado con visos de permanecer en el tiempo, exige medidas drásticas. El tipo de medidas que hacen ruido y daño y que dejan cascotes y polvo de por medio.
Andas rumiando estos pensamientos un viernes inacabable cuando ves que han abierto una biblioteca de camino a casa. No recuerdas haberla visto antes, pero una biblioteca no es algo que se pueda abrir de la noche a la mañana, así que lo más probable es que haya estado siempre allí y que tu, en tu ensimismamiento no te hayas fijado.
Tampoco es que le des muchas vueltas. Las medidas drásticas en las que piensas exigen algo de investigación previa que no querrías que nadie pudiera rastrear en un navegador de internet. 
Entras. 
Lo primero que ves es un cartel:
“Solo socios. Imprescindible fotografía”
Lo segundo, es un fotomatón.
Obediente, metes una moneda, te sientas, te quitas las gafas y miras tu imagen con ojeriza. Últimamente lo miras todo así, torvo. Salta el disparador y sales fuera a esperar. Un minuto más tarde sale una tira con cuatro fotos.
No eres tu.
Reconoces que no estabas en la mejor disposición para hacerte una foto, pero claramente, no eres tú.
Es un varón, como tú. De pelo negro, huidizo en la frente, labios carnosos y mejillas rellenas. Todo como tu, pero sin ser tu. 
Piensas que quizá alguien no recogió su fotografía. 
Metes otra moneda y repites la operación de sentarte, quitarte las gafas y poner cara huraña. El mecanismo dispara y salen la tira con cuatro fotos. 
Es el mismo rostro de antes, pero no eres tu. 
El rostro ahora sonríe y fuma un puro. Tapa su calvicie con un sombrero de fieltro blanco
Te encoges de hombros. A fin de cuentas, nadie se parece a si mismo en una foto de carnet, así que puede que no importe mucho. 
En el mostrador, una bibliotecaria estampa sellos en una pila de libros. No frecuentas las bibliotecas pero no es la clase de persona que esperabas encontrar al cargo de una. Lleva la mitad izquierda de la cabeza afeitada y la derecha teñida de color morado, media docena de aros en cada oreja y los ojos delineados con un trazo grueso de color dorado. Por el cuello de la camiseta le asoman varios tentáculos tatuados. 
Examina las fotografias que le tiendes y arquea una ceja. 
—Es que me he hecho la foto sin las gafas —dices débilmente, consciente de lo tonto que suena.
No se molesta en contestarte, pero recorta una foto, la pega en una cartulina, te pregunta tu nombre y tus apellidos y los apunta con una caligrafía redonda, de niña aplicada de doce años. No te da el carnet, sino que se encamina biblioteca adentro y no te queda más remedio que seguirla. 
Te conduce hasta una mesa situada en el centro. Te sientas, porque la bibliotecaria te lo indica. No sabes si saludar o no al lector que está sentado frente a ti y ojea una pila de libros, pero siempre has tenido la idea de que en las bibliotecas se guarda silencio, así que no dices nada. 
Cuando la bibliotecaria se marcha, el lector levanta la mirada de sus libros y te sonríe. 
—¿Qué le ha salido? —pregunta muy bajito. Al ver que no lo entiendes señala las fotos que llevas en la mano —. En el fotomatón, ¿Qué le ha salido?
—No sabría decirle —contestas y le enseñas la foto.
—Me suena —dice el hombre. Rebusca entre su pila de libros hasta que da con la “Enciclopedia ilustrada de personajes infames”. Pasa las páginas con rapidez, hasta encontrar lo que busca—. Ah, mire. Si, por eso me sonaba.
 Te tiende el libro abierto por la fotografía del rostro del hombre que no eres tú. 
“Alphonse Gabriel Capone” lees.
El hombre te mira comprensivo. 
—Una semana mala ¿verdad?
—Meses, más bien. 
Dejáis de hablar porque la bibliotecaria vuelve empujando un carrito y comienza a colocar libros a tu lado. No tardas en ver un patrón. Sobre la ira y la serenidad, de Séneca y El libro del Tao, de Lao Tse. Les siguen El conde de Montecristo, Hamlet y Moby Dick. Y, por algún motivo que no consigues entender la colección ilustrada completa de los libros infantiles de Beatrix Potter. 
No tocas los libros. Tu compañero de mesa ha vuelto a su lectura. “El arte de la prudencia” lees en la cubierta, por Baltasar Gracián. 
—¿A usted qué le salió? —preguntas.
Parece avergonzado cuando saca del bolsillo de la chaqueta sus fotografías. Muestran a un hombre con el cabello tonsurado, nariz de boxeador y un ceño de esos que, de tanto fruncirlo, dejan tallada una arruga en el entrecejo. 
Pasas las páginas de la “Enciclopedia ilustrada de personajes infames”. No tardas en dar con él. “Tomas de Torquemada”.
—Ya sabe. La vida — te dice.
—Si. La vida — coincides. Y coges un libro y empiezas a leer. 

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