Niña de septiembre
Ven.
Siéntate a mi lado.
Déjame, niña, que te cuente el cuento de aquella vez que llegó al pueblo un cuentacuentos.
También era un tahúr, un buhonero y un embustero.
Apareció con el mes de enero, abriendo surcos en la nieve. Se detuvo en el prado, extendió toldos, desplegó mesas y luego, con una voz que hizo ronronear a los gatos, anunció:
—¡Vendo botas de siete leguas! ¡Capas de color rojo con caperuzas y botones hechos con dientes de lobo! ¡Habichuelas que florecerán seguro en primavera! ¡Vendo espejos en los que se verán siempre bonitas, señoras! ¡Y para ustedes, caballeros, vendo elixires que les quitarán el miedo! ¡Para los niños y no tan niños, traigo cuentos!
Por tres monedas, sólo por tres, contaré el cuento de aquél príncipe, en un lugar de Arabia, que una noche se fue a su lecho y se vio privado de sueño.
Harto de noches blancas, hizo venir a los sabios de su palacio; cuando estos no le ofrecieron ni cura ni solución, a los sabios del reino. Convocó a los sabios de los reinos vecinos, pero estos no llegaron. El príncipe había plantado un bosque de picas con los sabios y su remedios.
Un haya llamó a la puerta.
—Detén esta matanza y te contaré un cuento —le dijo con voz cansada—. Hay en las costas de tu propio reino un pueblo de pescadores. Ha querido la fortuna que en las aguas someras, después de las tormentas, aparezcan caracolas que susurran secretos. A veces son sólo cotilleos entretenimientos; otras cuentan dónde se esconde un tesoro, dónde hay una princesa cautiva esperando un rescate, o una bruja a la espera de su aprendiz. Cuentan que un pescador, tan pobre que sus sandalias llevaban por suela la sombra de sus propios pies, encontró entre sus redes una caracola de bordes dorados.
“Devuélveme a al agua —le dijo—. Y te diré donde se esconde la sirena y, si consigues robarle una escama, te concederá un deseo.
El pescador se rascó la planta del pie a través de su suela de sombra.
—Cuenta —dijo.
—Adéntrate en el mar esta noche y cuando oigas el canto de la sirena, deja que te arrastre hasta las rocas y que los arrecifes destrocen tu barca; ese es su precio. Pero ten cuidado y no hagas como aquel corsario, que tras estrellar su barco, ávido de riquezas, encadenó a la sirena y, una tras otra, le arrancó las escamas para convertirlas en deseos. Sucedió que la sirena, calva de escamas, dejó de conceder deseos y el corsario, que no había pedido un barco nuevo, murió de hambre y rodeado de riquezas en los dominios de la sirena.
—¡Quédate pues con tu secreto! —le respondió el pescador—. Al menos, soy rico en suelas. No pretendas engañarme con historias vanas, como las de aquellas princesas que por imprudentes, durmieron cien años; ni con historias de espadas enterradas en piedra. No hay genios con concedan deseos, ni tres, ni tres cientos, ni dragones que guarden tesoros en el corazón de las montañas. Mira si no a nuestro sabio, el hombre más bueno. Creyó ese cuento que dice que hay un príncipe en este reino que prometio riquezas a aquel que pudiera devolverle el sueño y ahora su cabeza reposa en una pica, en compañía de hombres sabios y buenos. Cuentan que, cuando su madre se enteró marchó a palacio disfrazada de haya, dispuesta a hacer reposar la cabeza del príncipe en su regio lecho, con o sin cuerpo.
—Mi príncipe cruel —dijo el haya —se ahora un niño bueno. Apoya la cabeza en tu almohada y deja que te llegue el sueño.
¡Por tres monedas! ¡Sólo por tres monedas más os contaré la historia de una madre que, dispuesta a venga la muerte de su hijo, arruinó a un reino!”
El cuentacuentos, tahúr, buhonero y embustero se marchó con el amanecer con seis monedas. Dejó a su paso tres cosas: unos surcos de huellas sobre la nieve, unas habichuelas que florecieron en primavera y a tí, mi niña de septiembre, mi niña de cuento.
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