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Nada parecido a un altar

Hay quien dice que los rastrillos son un tesoro para el que sabe mirar.  Yo solo veo trastos viejos y polvo. El único motivo por el que estoy aquí es porque llevo cinco noches sin dormir y necesito desesperadamente una máquina de escribir. No soy quisquilloso. Me dan igual época, fabricante y modelo. Sólo necesito que funcione. Y no estoy teniendo suerte. He visto ya media docena y cuando no fallan las teclas, es el rodillo el que no gira, o las varillas las que se apelotonan. Estoy a punto de dejarme caer en este mismo lugar y echarme a llorar sin ningún rubor cuando la veo. Encima de un pupitre escolar que todavía conserva todos sus chicles pegados. Me acerco, rezando a todos los dioses que se me ocurren. Tecleo con delicadeza el eterno «asdf ñlkj» y la máquina responde con un delicioso repiqueteo. Casi sin atreverme, sigo con la secuencia. Las varillas estampan las letras en el rodillo y el carro avanza pasito a pasito hasta llegar al final con un maravilloso «¡Clin!». Una suave...

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